Acompañar a un niño cuando siente rabia, tristeza o miedo no consiste en apagar esa emoción, sino en ayudarlo a comprenderla y expresarla sin lastimarse ni lastimar a otros. Según Psicología y Mente, la regulación emocional se construye progresivamente desde los primeros meses de vida y requiere un importante apoyo adulto durante la infancia.
Entre los 0 y los 5 años, el juego y la ayuda de sus cuidadores tienen un papel central. Poner nombre a lo que sienten y ensayar pausas breves en momentos de tranquilidad son formas de acompañar ese aprendizaje. Las expectativas deben ajustarse a sus capacidades: empezar a reconocer el enojo no implica poder controlar todavía los impulsos.
De los 6 a los 12 años, se pueden incorporar estrategias para identificar cómo se manifiestan las emociones en el cuerpo, solicitar ayuda y recuperar la calma después de un conflicto. No hay una edad única en la que deban resolver todo por sí solos: también influyen el temperamento, el lenguaje, las experiencias y el entorno de cada niño.
Antes de regularse de manera autónoma, los niños necesitan vivir la experiencia de ser acompañados por alguien que les brinde seguridad. Ese proceso, llamado corregulación emocional, comienza con la reacción del adulto: hablar más suavemente, respirar con calma y reconocer el malestar ayuda a ofrecer ese apoyo, sin exigir que la emoción desaparezca de inmediato.
La cercanía también puede ir de la mano con límites claros: aceptar la rabia no significa permitir golpes. Una vez que el niño esté más tranquilo, será momento de conversar sobre lo sucedido y pensar juntos en otras maneras de responder. Estas orientaciones son generales y no reemplazan la atención profesional.
Fuente: Psicología y Mente. Redacción: Positiva+ Canal.







