Es posible que un solo artista chileno pueda declarar una vida donde trató con Claudio Arrau, Víctor Jara, Nicanor Parra y Pablo Neruda: Roberto Bravo hoy tiene 83 años y asegura que de todos capturó algún aspecto para su obra, con todos ellos puede narrar algún capítulo que figura como decisivo en su bitácora como pianista.
Pero si se trata de ampliar su trayecto, el músico puede seguir testimoniando historia, diversidad y antecedentes que lo convierten en un creador único en su especie. Desde hace años en su repertorio conviven nombres tan disimiles como los compositores rusos Tchaikovsky y Rachmaninoff, el director de orquesta japonés Joe Hisaishi y sus trabajos para el Studio Ghibli, el soundtrack que dio vida a un suceso de taquilla como la franquicia Toy Story o los himnos que se bailan en reversa despachados por una superestrella del pop como Michael Jackson.
Bravo dirá más adelante en esta conversación que es posible que todo aquello haya funcionado como un bumerán y le haya jugado en contra al minuto de ser postulado al último Premio Nacional de Música, un galardón tradicionalmente inclinado hacia lo docto y donde su elasticidad con géneros más masivos pudo ser percibido como un pecado.

Pero Bravo sigue avanzando sin transar. Su horizonte está resuelto hace décadas. El ejemplo es inmediato: el intérprete se presentará el viernes 9 de octubre, a las 20.00 horas, en el Teatro CA660 de la Fundación CorpArtes, con un espectáculo bautizado como Viaje Musical, de Bach a Piazzolla, el que nuevamente sintetiza el amplio arco en el que circula su acervo artístico. En la performance será secundado por la soprano Andrea Cárdenas y la violinista Montserrat Prieto.
“La vida para nosotros comienza en Bach”, argumenta el pianista, uno de los más reputados de la escena chilena a nivel global, sentado en el espacio Viernes de Culto, de La Tercera, y explicando por qué el punto de despegue de su espectáculo está en el compositor alemán del período barroco.
Después profundiza: “Desde niño nos enseñan Bach con las primeras invenciones, como parte de la formación. Pero al final de la vida, tú vuelves a Bach por la espiritualidad, por ese mensaje maravilloso que tiene al convertirse en el eterno de todos nosotros, para los momentos de conflicto, para tomar fuerza y centrarse en esa parte divina que tenemos todos, que aparece muy fuerte en su música y conlleva un estado más de introspección. Y también nos abre los ojos para la gente que sufre mucho; su música trae paz y trae consuelo. El mundo no va mejor, va peor. Se necesita más música de Bach, no menos”.

Si su actual puesta en escena comienza en Bach, elegir como estación final a Astor Piazzolla, el gran revolucionario del tango, también tiene un sentido: “Es uno de mis compositores favoritos”, admite.
-En este show no sólo está Bach y Piazzolla, sino que también compositores tan diversos como Franz Schubert o Ryūichi Sakamoto. ¿Cómo hace que la música de todos ellos dialoguen en un solo momento?
Yo siempre he pensado que el músico tiene que ser como un actor. Vivir distintos papeles, cambiarse ropa. Tú cambias la cosa energética. Para mí es fácil eso, pero también construyo los programas cuidadosamente, energéticamente, sabiendo con qué obra salgo hacia el otro compositor. Recién me di cuenta que invertimos el programa, que yo no podía tocar las danzas alemanas de Schubert después de esta declaración de amor de Richard Strauss, no podía entrar con eso. Entonces lo cambié, lo hice al revés.
-Usted ha dicho que un músico es como un actor, va usando distinto ropaje. ¿Usted siempre fue así?
Yo entiendo que hay que buscar la esencia. Si tú entiendes la esencia de lo que estás tocando, sabes un poco de historia también. Has vivido en los lugares donde estos compositores vivieron. O tocaste en sus casas. Yo toqué en muchas casas donde vivieron estos grandes personajes. En todas partes me pasaron cosas, cosas paranormales de su historia. Pero con la vida van apareciendo encuentros que te marcan para toda la vida. Yo conocí a Víctor (Jara), lo conocí en Lima.
-¿Qué recuerda de ese encuentro y de la persona de Víctor Jara?
Yo iba a tocar a Lima con la Sinfónica desde Londres. Yo estaba en Londres y me contaron que había un chileno en el Teatro Municipal de Lima esa noche. Fui y había un chileno con un poncho negro tocando una guitarra. Me senté a escuchar y cantó Luchín. Y de ahí para adelante me enamoré de su música.
“Sentí un ser humano muy genuino, con una gran ternura, con una gran generosidad, con una tremenda sonrisa. Querido por su madre. Y quedamos de vernos en Santiago. Nos vimos en Santiago, vino a mi concierto, que fue un concierto fallido porque el piano no llegó. Así que estábamos los dos conversando en el suelo, esperando que llegara el piano al Instituto Chileno Alemán por la huelga de los camiones. Entonces, yo le propuse a Víctor que fuera a la casa de mi mamá en La Reina. Yo me quedaba ahí y tenía un piano en esa casa. Entramos a mi casa y mi mamá le dice a Víctor ‘tenemos una guitarra’. Yo le dije: ‘mamá, cómo se le ocurre, a mí me carga ir a una casa y que me digan que tienen un piano’”.

“Y ahí se produce una situación muy hermosa. Víctor me dice ‘ya, córtala, hagamos un trueque. Yo canto tres canciones para tu mamá, con tu hermana Gabriela, y tú toca un pedacito de los Cuadros de una exposición, de Mussorgsky’. Yo andaba con repertorio de eso. Víctor cantó Luchín, Te recuerdo Amanda, Plegaria a un labrador y El derecho de vivir en paz. Y al final nos despedimos con un tremendo abrazo. Pero no fue un abrazo cualquiera, fue el abrazo de dos personas que se reconocen en su ser interno en lo mismo camino, con los mismos ideales. Yo estaba en Londres cuando supe de su asesinato. Empecé a incluir la música de Víctor después de ese encuentro. Hay encuentros que te marcan la vida”.
De Parra a Arrau
Hay otro cara a cara con otra figura consular de la cultura chilena que el pianista también rememora con precisión: Nicanor Parra. “Tremendo caballero, muy divertido”, califica.
Luego continúa: “Nos recibió en su casa y me acompañó su hijo Roberto. Él vivía en Londres. Y Nicanor, siempre pillín, lo quiso pillar en algo. Le dijo: ‘así que viene de Inglaterra. ¿Y tú has leído a Hamlet? Porque él estaba trabajando en la traducción de las obras de Shakespeare. Entonces lo quiso pillar a Roberto Junior. Y él le recitó en inglés. Don Nica quedó con los ojos así de abiertos. Ese fue el primer encuentro con él”.

El segundo, según su relato, fue en un espacio mucho más multitudinario, en la Quinta Vergara, en 1983, ante 10 mil personas -“con Carabineros con metralletas por todos lados”, acota- y con el antipoeta presentando sus artefactos por primera vez. Pero, en sus recuerdos, Bravo detecta un momento que lo sonroja: “Había un afiche que hasta el día de hoy me da vergüenza: mi nombre está con unas letras súper grandes y más abajo con letra chiquitita, como invitado, está Nicanor Parra”.
Con ese mismo impulso, tres días después intentaron hacer un evento en Santo Domingo con el propio Parra, pero el alcalde prohibió la presentación. “Me sacaron con Carabineros. Hasta el general Gustavo Leigh dijo que a él nadie le podía impedir escuchar un concierto mío. La razón que dio el alcalde fue que el general Pinochet dormía por ahí cerca, en Bucalemu. Por eso se suspendía el concierto”.

Quizás el vínculo más profundo que al artista estableció con algún ícono de la cultura nacional estuvo encarnado por Claudio Arrau, el más grande pianista nacido en Chile y uno de los intérpretes más relevantes del planeta en el siglo XX. También fue su maestro: Bravo viajó hasta Nueva York para que el músico lo formara bajo sus principios.
“No estoy seguro si tenía 15 o 16 cuando lo conocí. Yo había estudiado con Rudi Lehmann, profesor alemán, judío, quien había estudiado con Arrau en el Conservatorio de Berlín. Su familia murió en un campo de concentración, Arrau lo ayudó a arrancar de allá. Cuando yo empecé a hacer crisis, a los 15 o 16 años, Rudi siempre me decía que yo era ñuñoíno. El niño que está en la calle jugando a la pelota, que persigue a la niña en bicicleta. Que era ignorante y provinciano. Tenía toda la razón. Entonces, él decidió llevarme a Nueva York para que el maestro Arrau me escuchara y me diera una opinión. Y el maestro me escuchó y la opinión de él era que yo tenía talento como para hacer una carrera”.
-¿Cómo era Claudio Arrau?
Muy cariñoso. Muy cercano. Hubo una época que él me decía ‘mijo’, porque era de Chillán y allá dicen así. Ahora, cuando se enojaba un poco conmigo, me decía Roberto. Se enojó cuando yo fui a Rusia. A él no le gustaba la escuela rusa de piano. Pero yo sí necesitaba vivir esa experiencia. Vivir bajo ese régimen muy disciplinado, de gran competitividad. Era un desafío. Entonces, la primera vez que me saqué una nota alta, la nota más alta en Rusia es el 5. Pero el 5 mío venía con una cruz, con un plus. De mis compañeros, nadie tenía una nota con un plus arriba.
-Usted ahora hace clases. ¿Cuánto de lo que aprendió de Arrau, hoy lo comparte con sus alumnos?
Hay que diferenciar también el músico de la persona. Uno no solamente recibe una enseñanza musical técnica de un maestro, sino que también una actitud frente a la vida. Y así, hay una que me marcó toda la vida: el tiempo que se hizo en Berlín para escucharme antes de irse al aeropuerto. Él tenía un avión a las 12 a Bruselas y yo tenía mi avión a la 1 de vuelta a Moscú. Él se hizo tiempo para escucharme de 9 a 11 de la mañana en una casa privada en Berlín. Eso me marcó de ahí para adelante en muchas situaciones. Si yo estaba con 12 niños en Temuco, los tenía que escuchar. Ese ejemplo viene de Arrau.

-¿Qué le transmitía Arrau acerca de Chile? ¿Qué hablaba él de su país?
Él llevó siempre a Chile en su corazón, muy agradecido siempre del gobierno chileno de la época, que lo ayudó a llegar a Alemania con Martin Krauss, su profesor de la época. Pero él me confidenció en Varsovia, en el año 65, que él no venía para acá porque recibían anónimos y los compositores chilenos no lo querían, porque él no tocaba música chilena. Pero él no tenía tiempo para estudiar música chilena en estos 150 conciertos todo el año que tocaba; entonces, no recibía una buena vibra.
“Yo fui una de las personas, y esto lo motivó Fernando Rosas, que me pidió que fuera a hablar con él a Boston para que él volviera a Chile, por toda una generación que lo quería escuchar. Eran los tiempos de dictadura, él no quería venir y su manager tampoco quería que viniera, porque era muy malo para su imagen. Yo no voy a decir que lo convencí de que viniera, pero fui una de las personas que le habló para decirle que había una generación de gente joven que lo quería ver. Y finalmente vino”.
-Esa visita de 1984 es casi de película y se hicieron muchas maniobras para salvar a Arrau de un uso propagandístico.
Pasó una situación muy curiosa. Arrau llegó bajo la tutela de su sobrino, que era muy pinochetista, y él había dado una orden para que el maestro en Chile no se juntara con tres personas: Gabriel Valdés, el cardenal y yo. Por lo tanto, a mí me excluyeron de toda actividad con el maestro. De hecho, yo entré de contrabando al hotel porque los mozos me hicieron subir por el ascensor de servicio a llevarle flores a su señora y saludar al maestro, pero de todo lo demás fui excluido”.
“En un momento, (para el show en el Teatro Municipal), su mánager me dice ‘Roberto, tenemos un problema, se apareció Pinochet, se pusieron a tocar la canción nacional, el maestro se desconcertó, estaba temblando en el piando, se sintió muy alterado, no tocó bien y lo peor de todo es que tenemos al corresponsal de New York Times en la sala. Le digo: mañana hay un recital de él y hay dos personas que él tiene que saludar sin falta: el cardenal y Gabriel Valdés”.

-Usted también conoció a Pablo Neruda y ha musicalizado sus poemas en los últimos años.
Me llevaron a la embajada rusa para saludarlo, yo debo haber tenido 16 o 17 años. Era un niño pavo y leso. Me lo presentan, le dicen que soy un joven talento. Neruda me mira, sentado en un sillón ancho como era él y me dice “me voy a acordar de tu nombre”. La gente de la embajada me dice que hay un piano y me pregunta si tocaría, pero hay un cóctel y no iba a parar ese cóctel para que toque. Así que no puedo decir que toqué para Neruda.
“Y tengo el privilegio de haber dormido en la cama de Neruda. En Isla Negra. Porque no tenía tiempo entre la prueba de sonido en Isla Negra, ir al Quisco a dormir la siesta y volver a tocar a las seis de la tarde. Así que me prestaron su dormitorio y dormí en esa famosa cama con ese chal que tejió Matilde, con quien fuimos muy amigos. Me acuerdo haber despertado mirando el mar, tal como lo hacía Neruda. Antes del concierto entré al baño y nunca vi lo que decía: ‘no usar’”.
-En otro tema, usted fue postulado para el último Premio Nacional de Música. Sonó fuerte como un posible ganador. Finalmente, recayó en el guitarrista Luis Orlandini. ¿Con qué sensación quedó? ¿Le gustaría en algún momento obtenerlo?
Yo estoy pensando seriamente en no concursar más, porque hay una fracción de músicos en Chile que no me quieren mucho y, aunque el Papa me apoye, no me van a dar su voto.
-¿Quiénes son esos músicos y por qué no lo apoyarían?
El establishment, gente que no me va a perdonar nunca que yo haya abierto mi esfera musical y toque desde Bach a Violeta, que haya hecho discos de música popular chilena, música latinoamericana, tangos de Piazzolla, música de películas, discos de boleros, y no quieren ver la otra parte integral de Bach, integral de Chopin, integral de Beethoven, integral de música rusa. Lo que si me alegra es que se haya reconocido a Luis Orlandini y la guitarra, porque Chile no es solamente un país de pianistas. Me acuerdo cuando yo estaba en España, venían los chicos jóvenes a concursar y en España durante muchos años ganaron guitarristas que venían de esa veta guitarrística donde además está Romilio Orellana, Eulogio Dávalos y tantos otros que son maestros de guitarra. Entonces, es un premio muy bien dado, a Lucho como profesor, defensor de la música chilena, pensando también en la guitarra, y Violeta y Margot Loyola.



