Rosita Arenas, la actriz de 93 años que este sábado recibirá el Ariel de Oro por su trayectoria, máximo reconocimiento otorgado por la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, es un baúl de anécdotas.

Y eso que como los toreros, dice, decidió cortarse la coleta en dos ocasiones alejándose de los foros. La primera en 1964 y duró 25 años, para dedicarse a su familia. La segunda y definitiva en 1994, por lo que ya contabiliza 32 años fuera de los reflectores.

“Más vale que digan: ‘¡ah, mírala! (por las películas), que ¡ay, mirala!”, bromea.

Justo en su primer retiro fue el productor Ernesto Alonso (“El maleficio”) quien la convenció para regresar con la telenovela histórica “Senda de gloria”. Claro que no fue fácil, pero fue su esposo, el actor y director Abel Salazar, quien le dijo que aceptara.

“Me habló Ernesto y me dijo que me quería para un personaje preciso, una prostituta (risas). Y le dije cómo, siempre he sido la niña dulce. Total que le digo que si, pero le dije que me hiciera una prueba porque había estado fuera mucho tiempo y me iba a temblar hasta lo que no”, cuenta divertida.

Rosita contabiliza una filmografía cercana a las 60 producciones entre cine y tv, siendo recordada ampliamente por ser la manzana de la discordia entre Pedro Infante y Luis Aguilar, dos de las figuras del cine mexicano, en la cinta “¿Qué te ha dado esa mujer”, secuela de “A toda máquina”, protagonizada por ambos cantantes en el papel de agentes motociclistas de tránsito.

En el filme, la actriz era la novia de “Luis Macías”, quien optaba por estar más tiempo con ella que con su compañero y amigo “Pedro Chávez”, lo cual los enemistaba.

En una escena, cuando ella dice que romperá con su enamorado, “Pedro” celebra en demasía, sin considerar la tristeza de su amigo. Después, las cosas cambian, porque “Marianela” se da cuenta que ha dejado de amar a su novio y desea estar con el otro.

En ese momento tanto Infante como Aguilar eran conocidos por ser mujeriegos, pero Arena se encontró con dos actores profesionales.

“Fue una entrada fácil porque ya había hecho “Fierecilla” y gracias a Ismael Rodríguez (el director) que iba todos los días a mi casa a ponerme al personaje, a ensayar, porque me iba a encontrar con dos fieras y sí, encantadores, pero fieras”, abunda.

Rosita Arenas fue de las actrices más solicitadas en los sets durante los años 50.

También fue princesa en “La momia azteca”, incursióno en el género de lucha libre con “Neutrón, el enmascarado negro” y en telenovelas como “Valeria y Maximiliano”.

La actriz tenía la ventaja de ser hija del también actor español Miguel Arenas (“El Conde de Montecristo”), así que casi toda la industria la conoció desde niña.

“La verdad es que nunca tuve problemas con directores. Con Chano Urueta que trabajé en “El espejo de la bruja” y que tenía fama (de difícil) o con Alejandro Galindo, conmigo fueron maravillosos. A quien Alejandro sí traía como camote (“Historia de un marido difícil”, 1956) era a un actor que era mayor (Francisco Petrone), con él se desquitaba”, recuerda.

A Rosita le tocó una época en que a las actrices no se les pedía cambiar su físico para estar en el audiovisual. De hecho, asegura, utilizaban poco maquillaje, pues se optaba por lo natural.

“Era otro tipo de mujer, voluptuosas, muy acinturadas, exageradas y de pronto vino la época de la mujer delgada y ya no entrábamos en eso. Pero yo no tuve que ceder en nada, cuando mucho, el color del cabello a veces negro, a veces no”, apunta.

Lo malo de ella es que sus anécdotas se quedarán en su memoria y en quienes se las contó, porque nunca ha estado interesada en editar una biografía.

“Es mi vida y se va conmigo”, subraya.

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