Ricardo Salinas Pliego ambiciona ser presidente.

Ha dicho que competirá "si no hay alternativa".

Iniciará en las elecciones legislativas de 2027 con su Movimiento Anticrimen y Anticorrupción, después, si le va bien, como candidato a la presidencia en 2030.

El problema es que la ley solo permite registrar partidos nacionales nuevos después de una elección presidencial, así que su movimiento no podrá ser partido ni en 2027 ni en 2030.

Le quedan las candidaturas independientes o un partido existente. Hasta ahora ha sido rechazado por el PAN, aunque ello puede ser temporal, mientras que el PRI podrá prestar su cobija al empresario televisivo.

El espacio que busca ocupar tampoco es mayoritario.

Una derecha radical populista puede llegar a ser una minoría ruidosa, pero no conformará un bloque numeroso en el Congreso.

Aun así, Salinas no necesita arrasar.

Con 15 o 17 diputados ganaría visibilidad legislativa y la narrativa de que su movimiento funciona.

Pero esos asientos pesarían si se los quita a Morena, y no a la oposición, y si la mayoría calificada depende de pocos votos.

Por el momento es el mejor escenario al que puede aspirar.

Pero el modelo global de la derechización, en particular en América Latina, sugiere que esto apenas comienza, que el financiamiento extranjero se abrirá camino para profundizar la polarización y que él tiene mejores expectativas para sí.

Por ahora, el colapso del régimen de la 4T es la ilusión política dominante.

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