Como todo el mundo católico, el escritor y periodista Santiago Roncagliolo siguió con asombro la noticia del 8 de mayo de 2025. Ese día, desde el balcón central de la Basílica de San Pedro asomaba el nuevo Papa de la Iglesia Católica, el cardenal estadounidense Robert Francis Prevost, o León XIV, su nuevo nombre. Pero Prevost era un nombre conocido para Roncagliolo y los peruanos, pues poseía la nacionalidad y fue obispo de Chiclayo. Ahí supo que tenía un libro.
“Me encanta escribir las historias reales que pueda contar desde un punto de vista personal: unen la fuerza del periodismo y la emoción de la literatura -dice Roncagliolo a Culto-. En este caso, el catolicismo misionero de Prevost me remitía al cristianismo social de mi niñez y de América Latina. Pensé que había una historia en esos curas que se enfrentaban a dictaduras o morían por los derechos de los indígenas. Y eso debería explicar cómo un obispo de Chiclayo llegó a Papa en dos años. Pero sobre todo, que yo podía contar esa historia, decir algo relevante, aunque no fuese un corresponsal vaticano. O ni siquiera un creyente”.
Así, Roncagliolo se lanzó a escribir el volumen El pastor y los lobos (Seix Barral), un volumen de no ficción en el que se sumerge en los años de Prevost en Perú, su rol como misionero agustino, su labor como obispo de Chiclayo, y sobre todo, cómo fue el hombre clave en la respuesta de la iglesia ante las denuncias de los crímenes cometidos por miembros del Sodalicio de Vida Cristiana. Prevost fue quien escuchó a las víctimas y logró –con eficiencia, pragmatismo y sin aspaviento- que el caso avanzara hacia las sanciones correspondientes, además de proteger y apoyar a los periodistas que lo habían destapado.

¿Qué fue lo que más te llamó la atención de Robert Prevost para convertirlo en el centro de El pastor y los lobos?
Las historias reales te llevan por caminos inesperados. Son aventuras en las que no sabes dónde acabarás. Durante la investigación, encontré que Prevost trabajaba con los pecados de la Iglesia: abusos sexuales, abusos financieros, mafias. El lado oscuro. Y además, lo hacía con total discreción. Sin guerras ni aspavientos. Por eso, Francisco lo quería de sucesor. Era una especie de agente de asuntos internos. Ningún Papa tiene una historia así.
¿Cómo organizaste el trabajo de investigación con un equipo en distintos países? ¿Qué cambió respecto a tus libros de no ficción anteriores (La cuarta espada, El amante uruguayo)?
Sobre todo que esta vez tenía un equipo. Dos mujeres con mucha fuerza. Y eso fue especialmente útil porque es muy difícil conseguir fuentes en la Iglesia, una institución bastante opaca. Andrea y Lourdes buscaron informantes, insistieron con ellos, abrieron vías de investigación, y me discutieron también, obligándome a reformular hipótesis y buscar nuevas pistas. Mis editores también estaban al tanto de la investigación en tiempo real. Y los departamentos legales de la editorial, para saber cómo hablar de los temas más explosivos. Sin todas esas cabezas, el libro habría tomado mucho más tiempo y aún así no habría conseguido a los testigos -a menudo únicos- que tiene. Gracias a ellas, llegamos tan lejos como se podía llegar.
¿Por qué decidiste incluir tu propia experiencia de abuso en el colegio jesuita y la violencia familiar?
En algún momento de la investigación, sobre todo al conocer a los misioneros, comprendí que yo quería creer. Me encontraba en un punto de mi vida en que me costaba creer en nada. Creo en la democracia, por ejemplo, pero hoy, los líderes de grandes democracias defienden bombardear niños, perseguir a gente por su color de piel, hacer guerras. Yo necesitaba que León fuese bueno. Que alguien no fuese un cínico. Entonces recordé que yo ya había creído, décadas antes, cuando era un niño católico en una familia violenta, en un país violento. No sé si Dios existe, pero creer en él me dio un escudo contra el dolor, contra el miedo, un sentido. Contar eso se volvió fundamental para explicar de qué se trata la fe, de qué se trata el libro.

¿En qué punto la investigación periodística se volvió también un proceso personal?
Cuando descubrí que a León también lo habían acusado de encubrir a un abusador. Entonces la investigación de convierte en un reto para mí de un modo muy personal. Porque quiero creer en él. Pero necesito saber si no es un hipócrita, que solo investiga cuando le conviene políticamente. En ese momento, para mí, su culpa o inocencia es para mí la diferencia entre la fe y el cinismo.
El libro aborda los abusos sexuales y de poder del Sodalicio y los conflictos internos de la Iglesia. ¿Qué fue lo más difícil de investigar y narrar sobre estos temas?
Los abusos sexuales por lo general ocurren en habitaciones silenciosas, a salvo de miradas ajenas. Hay maneras de dar credibilidad a las denuncias -la coincidencia de varias fuentes, los testimonios de abuso de poder- pero cuando no dispones de esas cosas, se trata de creer o no creer. Con esos casos, descubrí que incluso el periodismo más riguroso, a veces, es una cuestión de fe.
El libro arranca con la accidentada visita a Chile del Papa Francisco y relatas cómo cambió su visión de los abusos cometidos por Fernando Karadima, y pasó a escuchar a sus víctimas ¿Crees que ese momento terminó siendo clave en lo que pasó posteriormente para el ascenso de Prevost?
Chile lo cambió todo. En el viaje de Francisco a ese país, en 2018, los chilenos le dejaron claro que no aguantarían que la Iglesia proteja a abusadores. Desertaron de sus actos. Protestaron públicamente. Quemaron iglesias. Y forzaron a Francisco a un golpe de timón inédito en una institución habitualmente muy lenta. Después de eso, el Papa recibió a las víctimas, como Juan Carlos Cruz. Convocó a una conferencia internacional. Mandó una comisión de investigación. Exigió la renuncia de obispos. En ese momento, un poquito más al Norte, en el Perú, comenzaba a explotar un caso incluso más grave que el de Karadima: el Sodalicio. Y Francisco mandó a ocuparse de él a un hombre de su confianza: Robert Prevost, obispo de Chiclayo. Siete años después, el Sodalicio estaba clausurado. Y Prevost era Papa.

¿Quién es León XIV para ti después de investigar su vida? ¿Qué aspectos de su personalidad o trayectoria te sorprendieron más?
Creo que es un hombre bueno cree profundamente en la dignidad humana. Pero también es un matemático que piensa de un modo muy cerebral y práctico. En una guerra al interior de la Iglesia, si llega a la certeza moral, puede tomar decisiones implacables y polémicas. Porque la Iglesia no es una democracia. Es la última monarquía absoluta de Occidente. Se hace lo que diga el jefe. Y él ya se arreglará con Dios. La mejor definición de Prevost me la dio uno de sus colaboradores: “los aliados de la luz no pueden ser más ingenuos que los aliados de la oscuridad”.
Has descrito su paso por Chiclayo y el norte de Perú como clave. ¿Cómo moldeó esa experiencia misionera su forma de entender la Iglesia y el poder?, ¿qué tan clave fueron Latinoamérica y la Teología de la liberación?
La teología de la liberación no ve a Dios en las cruces y los templos, sino en la gente que sufre: los pobres, los inmigrantes, los torturados. En realidad, Cristo se parecía más a ellos que a cualquier Papa. Para la teología de la liberación, en consecuencia, el Paraíso no está en el cielo. Hay que crearlo en la Tierra. En Chiclayo, Prevost no andaba pidiendo oraciones ni prohibiendo el sexo. Ponía plantas de oxígeno contra el COVID, sacaba a mujeres de la trata, conseguía papeles para refugiados venezolanos. Esa es su manera de venerar a Dios.
¿Hasta qué punto crees que Francisco preparó conscientemente el terreno para que Prevost fuera su sucesor?
Te diré los hechos: Francisco lo llevó al Vaticano y lo puso al mando del dicasterio de los obispos, convirtiéndolo de la noche a la mañana en el cardenal mejor relacionado del mundo. Lo puso a dar el discurso ante sus colegas, todos los cuales votarían en el cónclave. Lo ascendió en un año a la categoría más alta de cardenal, donde solo hay otros seis y son todos papables. Por si fuera poco, los íntimos de Francisco difundieron que Prevost debía ser el sucesor. Saca tus conclusiones.

En el libro aparecen dos visiones de la Iglesia (o de Dios, más bien): una más vinculada con la tradición y otra centrada en los pobres y quienes sufren. ¿Cómo se manifiesta esa fractura hoy?
Esa guerra se ha librado desde el Concilio Vaticano II y al final del papado de Francisco, la Iglesia estaba al borde del cisma. La misión de León XIV es acabar con ella, y ha aplacado a muchos de los enemigos de Francisco. Pero se mantiene la disyuntiva: ¿la Iglesia debe acercarse a los pobres del mundo o debe ser el bastión identitario de Occidente contra el Islam? En la primera opción hay vocaciones sacerdotales. En la segunda, dinero. León XIV es un político florentino que intenta navegar entre las dos.
¿A cuál de esas dos miradas de Dios te sientes más cercano?
El libro deja claras mis simpatías por la mirada más social de la Iglesia, en la que me crie y que me parece necesaria para el mundo de hoy. Pero no escribo un libro para ser simpático. También he entrevistado al otro lado de esa guerra. Y he sido muy respetuoso con esas fuentes. Quiero que el lector busque sus propias respuestas. Justamente creo que un gran problema de este mundo es que hay demasiada gente gritando sus opiniones y muy poca escuchando.
Prevost es estadounidense, pero también peruano, ¿cuán cercano lo sienten a León XIV en Perú?
Perú es un país muy sufrido. Tener a una figura mundial, un Papa, ya crea mucha ilusión. También es un país donde el Estado a menudo da rabia y vergüenza, y la Iglesia cubre sus carencias. Estoy seguro de que la mayoría de peruanos, que ya no creen en la democracia, preferirían como presidente a un Prevost.
¿Cómo cambió tu propia mirada sobre la fe mientras investigaba la vida de Prevost y los conflictos de la Iglesia?
Me he dado cuenta de la fe y el arte tienen mucho en común. Son las maneras que tenemos las personas de conectarnos con aquello que nos trasciende, que no llegamos a entender, pero intuimos. De hecho, el arte durante milenios ha sido religioso. Y aún hoy, en un mundo atomizado por el capitalismo digital, las misas recurren a canciones, esculturas, poemas para crear comunidad. Las cosas que da la fe se pueden buscar en otros lugares. Pero no podemos vivir sin ellas.




