Tulancingo.— “Pa, ya vámonos. Mejor vamos para otro lado”, dice María a su padre con miedo en la voz. Al empezar las lluvias, llegan los recuerdos: los rugidos del río, el lodo y las piedras que arrastraron todo a su paso hasta cubrir la casa de sus abuelos. Es una imagen que permanece en la mente de María, de nueve años, y de su hermano Juan, de 15.

Además de los daños económicos y patrimoniales que dejó la vaguada monzónica de 2025 en Hidalgo, también quedaron el miedo y la zozobra de que la historia se repita.

La emergencia dejó en Hidalgo 26 personas muertas, cinco desaparecidas, daños en 28 municipios, 675 derrumbes, 158 deslaves, 236 comunidades incomunicadas, 350 caminos bloqueados, 99 escuelas y centros de salud dañados y afectaciones en 50 puentes.

Hace unos meses, el gobierno del estado anunció que 2 mil 865 familias serían reubicadas, pero es un proyecto a largo plazo que aún no tiene fecha.

Las autoridades han señalado que la situación se ha complicado por la dificultad para encontrar terrenos adecuados, además que muchos de los afectados quieren permanecer en su municipio, pero en zonas fuera de peligro.

Sin embargo, las condiciones geográficas de regiones como la Otomí-Tepehua, la Sierra Alta y la Sierra Gorda imposibilitan localizar espacios adecuados.

A un año de las lluvias, hay caminos que permanecen intransitables, puentes que ya no llevan a ningún lado y heridas que aún no cierran. Por eso, si empieza a llover con fuerza, María toma la mano de su padre Jhovany y le pide que se vayan de Acuautla, su pequeña comunidad en Huehuetla, uno de los municipios más afectados.

Mientras Jhovany y su familia tienen a dónde ir para resguardarse, Moisés Martínez, habitante de San Gregorio, también en Huehuetla, señala que ahí nació y ahí se quedará. Dice que no se imagina empezar una vida nueva en otro lugar. Sólo le queda aprender a convivir con el miedo cada vez que la lluvia arrecia y el río les recuerda que, contra su fuerza, poco o nada pueden hacer.

En la localidad de Zicatlán se construyó un puente colgante para salir de la comunidad. Foto: Dinorath Mota

El miedo permanece

Son ya 365 días de que la lluvia arrastró todo a su paso; Jhovany cuenta que, tras el siniestro, su familia comenzó a buscar un lugar dónde sentirse segura. En Tulancingo han encontrado esa tranquilidad. Después de la tragedia, rentaron una vivienda en esta ciudad y, cada vez que hay riesgo, su pequeña hija lo toma de su mano y le pide que regresen.

Recuerda que el día de la tragedia, su padre, Federico Tolentino Arroyo; su madre y su hermana menor habían salido a buscarlo. La comunidad ya sufría los estragos de las lluvias y Jhovany había acudido con maquinaria para ayudar a sus vecinos. Preocupados por lo que se veía sería un desastre, su familia subió a una camioneta y fueron a su encuentro. Al regresar, encontraron su casa destruida porque el cerro se había desgajado.

Si algo hay que agradecer, señala, es que en ese momento no había nadie en la casa; de lo contrario, tal vez la historia sería distinta. Con los meses retiraron los escombros, rescataron la parte baja de la vivienda y comenzaron de nuevo.

Tuvieron que rentar una casa en Tulancingo, donde parte de la familia se instaló mientras reparaban los daños de la vivienda. Fueron días de limpieza, trabajo y miedo.

Después de los daños recibieron apoyo del gobierno estatal, pero aún no tienen una respuesta concreta sobre una posible reubicación.

Siguen los daños

Con cada lluvia, el material que quedó en la parte alta del cerro vuelve a descender y el lodo alcanza la azotea, lo que obliga a la familia a retirarlo una y otra vez. La vida no ha vuelto a la normalidad. Otros habitantes de la localidad enfrentan problemas similares: aún hay residuos de los derrumbes del año pasado y la rehabilitación de los caminos está incompleta. Algunos accesos apenas permiten el paso, mientras otros puntos siguen sin atención.

Aunque hay circulación en algunos sitios, la corriente arrastra el cruce provisional sobre el río Pantepec, lo que dificulta los traslados y aumenta el temor cada vez que llueve.

Edith, esposa de Jhovany, también prefiere salir de la comunidad durante los temporales. Ambos consideran establecerse definitivamente en Tulancingo. Adquirieron un terreno, pero les faltan recursos para construir su casa.

En tanto, el matrimonio de la señora Eleuteria y José Ríos reclaman que a ellos sólo les llegó un apoyo del gobierno por 20 mil pesos que se acabaron antes de terminar de reconstruir su casa. Señalan que la ayuda fue insuficiente y requieren más apoyo.

En San Gregorio vive Moisés Martínez, un campesino dedicado a la siembra de jengibre. Hace un año, su cultivo quedó entre el lodo y el agua. Las lluvias de octubre acabaron con parte de su patrimonio: la corriente arrasó en minutos con la siembra que había cuidado durante meses.

“No dejaba de llover y el río crecía”, recuerda. Por la noche, el caudal aumentó y el temor se extendió entre los pobladores. Pronto, el miedo se convirtió en caos y quienes estaban a su alrededor buscaron ponerse a salvo. Esa angustia vuelve cada vez que las lluvias elevan el nivel del río. Ante la incertidumbre, dice, los habitantes buscan refugio en la fe.

Moisés señala que, además del riesgo de nuevas inundaciones, una posible salida de su comunidad resulta complicada. El puente fue destruido y el paso provisional es arrastrado por la corriente durante las lluvias. Como alternativa, se construyó un puente colgante en la localidad de Zicatlán, pero llegar hasta ahí requiere un traslado de más de una hora desde San Gregorio. Las pérdidas materiales son importantes, pero nada vale tanto como la vida, expresa Moisés. Por eso, el temor regresa con cada crecida del río o desprendimiento de rocas. Sin embargo, para él y su familia resulta impensable comenzar de nuevo en otro lugar. Cada vez que el cielo se torna gris, una frase vuelve a su mente: “Ojalá que no pase nada”.

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