Por un lado, se alza la figura de Luiz Inácio Lula da Silva, actor fundamental de la política latinoamericana que busca su cuarto mandato. Por el otro, emerge la postulación del senador Flávio Bolsonaro, quien tomó la estafeta de la oposición conservadora tras la inhabilitación de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro. Con esa marcada polarización y ante importantes desafíos socioeconómicos, Brasil decidirá su futuro. A estas elecciones presidenciales de la mayor economía de Sudamérica muchos electores llegan indecisos por un camino en el que hubo desinformación en redes, una creciente influencia del gobierno de Donald Trump y el golpeteo de las fuerzas políticas, considera Regina Crespo, investigadora del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la UNAM.

Con Lula a sus 80 años, cualquiera se preguntaría si no hay figuras emergentes en la izquierda que pudieran relevarlo. “Esa pregunta es casi accesoria”, señala Crespo. “Más que pensar en Lula en términos generacionales, hay que pensar en el contexto de Brasil, de América Latina y del mundo, y en la necesidad de un líder que impida que la ultraderecha se adueñe del país. Aunque hubiera candidatos más jóvenes y sucesores a la altura, en este momento es fundamental que sea Lula y nadie más que él.”

Para la investigadora, la derecha se consolida de manera casi hegemónica en la región: Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, los gobiernos que acaban de llegar en Colombia y en Chile. Y hay el proyecto de Trump y Marco Rubio, el llamado Escudo de las Américas, que ya congrega quince países y “que algunos analistas describen como una especie de OTAN latinoamericana”. Frente al avance de las derechas, quedan pocos gobiernos de izquierda o centroizquierda, principalmente México, Brasil y Uruguay, señala Crespo.

“Si pierde Lula, el plan de hegemonía de Estados Unidos será absolutamente ganador. Para impedirlo se necesita a alguien con la autoridad moral, intelectual y política de estadista que tiene Lula. Aunque la izquierda tuviera diez candidatos, ninguno llegaría a esa presencia”.

¿Es Lula el político brasileño más importante del siglo XX y lo que va del XXI?

Sin ninguna duda. Hubo liderazgos paradigmáticos, como Getúlio Vargas, pero Vargas gobernó un periodo largo como dictador y sólo volvió al poder democráticamente entre 1951 y 1954. Lula, en cambio, surge del mo-

vimiento sindical que renació a finales de los años 70, en oposición a la dictadura cívico-mi-

litar instaurada en 1964. En 1980 ayuda a fundar el Partido de los Trabajadores, que se consolida en el escenario político, y se convierte en un líder político nacional. Fue elegido presidente tres veces (2002, 2006 y 2022) y ahora busca su cuarto y quizás último mandato. Tiene legitimidad, aunque mucha gente no lo aprecie, lo cual también es parte del juego democrático. Y tiene peso internacional: su discurso en la ONU el 22 de septiembre es el de un estadista que habla a sus electores, pero también, con propiedad, al mundo.

¿A quién representa Flávio Bolsonaro?

A unas élites sin proyecto nacional, a las que les parece bien que Brasil siga siendo un país exportador de materias primas y que consideran indignante cualquier avance para las clases populares. La llamada Constitución ciudadana de 1988 consagró una serie de derechos sociales y, desde entonces, esos grupos se han articulado para contenerlos o revertirlos. Flávio no era su candidato: querían a alguien con más barniz político. Su padre había sido un político mediocre que llegó a presidente, en gran medida por falta de otra alternativa capaz de unificar a las derechas. Pero Jair Bolsonaro, ya en arresto domiciliario, decidió que su sucesor sería su hijo, y esos sectores terminaron aceptándolo.

Posiciones de poder

En el vértigo de estas elecciones, hay otros cuatro candidatos alineados con la derecha que no se retiran porque negocian posiciones en caso de la victoria de Flávio, asegura Crespo. En una segunda vuelta, añade, sus votos irían probablemente al candidato bolsonarista, cuya agenda es privatizadora y neoliberal, contraria a la inclusión social y favorable a un alineamiento automático con Estados Unidos, aunque el principal socio comercial de Brasil siga siendo China.

Lula prohibió las apuestas deportivas y anunció más apoyos sociales. Flávio lo acusó de electorero.

Las llamadas bets son casinos en línea y casas de apuestas ligadas a los clubes de futbol, promovidas por influencers que reciben parte de las ganancias, con el mensaje constante de “si apuestas, ganas”. El resultado ha sido una catástrofe social: muchísima gente endeudada, e incluso personas que se quitan la vida porque no pueden pagar. Es ya un problema de salud pública. Las bets crecieron con Bolsonaro y los intentos de regularlas no prosperaron. La decisión puede tener un fondo electoral, pero es fundamental. Los clubes sobrevivían muy bien sin ellas y hoy ganan millones a costa de la economía popular. A inicios de año Lula también logró que el Congreso, el más reaccionario desde el fin de la dictadura en 1985, exentara del impuesto sobre la renta a quienes ganan hasta 5 mil reales mensuales (cerca de 17 mil pesos). La medida cambió la vida de millones, pero no movió la intención de voto, lo que dice mucho de un país polarizado, donde las redes sociales tienen un peso enorme en la agenda pública.

¿Qué peso tienen las redes frente a los medios tradicionales?

En Brasil hay más celulares que habitantes, y WhatsApp es fundamental para que la gente se informe, o se desinforme creyendo que se informa. Pero la televisión abierta sigue llegando a todo el país, y quienes la controlan son parte de la misma élite que hace campaña contra Lula. Entre las granjas de bots de la extrema derecha y una televisión privada de alcance nacional, la correlación de fuerzas es siempre perjudicial para la izquierda.

¿Qué balance hace de Brasil en los BRICS?

Los BRICS son estratégicamente importantes porque confrontan el orden unipolar. Pero en el bloque predominan China, Rusia e India, con conductas también imperialistas. Lo ideal sería contar con un bloque latinoamericano con peso propio.

¿Y Milei?

Si Milei responde a Trump, Flávio sería una suerte de segundo Milei. Milei acudió a la campaña de Flávio sin cumplir el protocolo entre jefes de Estado e insultó a Lula. Brasil es el principal socio de Argentina: se dio un tiro en el pie.

El voto evangélico favorece a Flávio. ¿Qué papel juegan las iglesias?

Crecen sobre todo las neopentecostales, muchas de matriz estadunidense, que se rigen por dos teologías. La de la prosperidad: eres tu propio patrón y Dios te ayuda a salir adelante. Y la del dominio, mucho más problemática: busca conquistar la política, la educación, los medios y la cultura para someterlos a una visión religiosa conservadora. Además, las iglesias no pagan impuestos, y abrir una se volvió un modelo de negocio. En agosto, Flávio prometió consagrar Brasil a Jesucristo si gana. En un Estado laico.

¿Los pastores piden el voto?

Claro. En el Congreso tienen mucho peso tres bancadas: la de la Biblia; la de la Bala, de militares y defensores de las armas, y la del Buey, ligada al agronegocio. Hacen lobby, como lo hace en Estados Unidos Eduardo Bolsonaro, otro hijo del expresidente.

¿Quién decidirá la elección?

Seamos optimistas: Lula puede ganar en primera vuelta, si obtiene más de la mitad de los votos válidos. Hay un voto bolsonarista duro de 30 o 35% que no cambia, porque hoy el bolsonarismo es más grande que Bolsonaro. El voto por la izquierda ronda 40%. La elección la definirán los indecisos y quienes piensan que todos los políticos son iguales.