“En el comienzo, lo único que había era la sal”. Todo lo demás, dice Tamara Cubas (Montevideo, 53 años), surgió del encuentro de siete mujeres que emprendieron, literal y simbólicamente, siete travesías distintas pero unidas por un hilo, la experiencia común de migrar. La coreógrafa y artista visual uruguaya convocó a las siete actrices, procedentes de Uruguay, Brasil, Chile, Egipto, Indonesia, México y Nigeria, para embarcarse juntas en el proyecto que cierra este ciclo de exploración de los desplazamientos. La sal, explica Cubas, es el elemento que permite reinventar el pasaje bíblico en el que Edith se convierte en estatua por mirar atrás mientras huye de Sodoma. “Todas estas mujeres miraron atrás, porque la migración camina hacia adelante, pero siempre está conectada con lo de detrás. Pero ellas no se frizan, no se convierten en estatuas, pueden seguir pujando”, resume. Ante esa fuerza sobrehumana se rinde Tamara Cubas en Sea of Silence, la apuesta escénica que presenta en el Festival Cervantino de Guanajuato, donde conversa con EL PAÍS nada más terminar la función, mientras los técnicos recogen su desierto ficticio.

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