Todo aquello que dábamos por sentado parece efímero; los márgenes se desdibujan y los límites del ordenamiento mundial establecido, junto con sus leyes, acuerdos y tratados internacionales, han perdido vigencia. Vivimos en una época que se percibe de constante incertidumbre; no hay más velos ni máscaras, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Abiertamente se habla de guerra, invasión, despojo de territorios y recursos naturales; se reconoce el uso de la mentira como estrategia para edificar percepciones mientras nos habituamos a la barbarie como parte de nuestra cotidianidad.
En este escenario, Estados Unidos se encuentra en crisis y, para conservar su hegemonía, se vale de la política injerencista que históricamente lo ha caracterizado; los pilares del imperialismo norteamericano se encuentran más vigentes que nunca. De tal forma, las estrategias de geopolítica estadounidense del siglo XIX, como el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe, adquieren nueva relevancia cuando forman parte de las acciones cotidianas del actual gobierno norteamericano, con la adecuación necesaria, apta para nuestros tiempos, pero conservando su esencia.
En ese sentido, las recientes declaraciones de Donald Trump durante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York no son cosa menor; van en escalada con su característico tono beligerante sin que a simple vista alguien pueda ponerle un alto. Las implicaciones de estas son alarmantes y atentan contra la paz de la región. Durante décadas conformaron una retórica del enemigo externo para “justificar” hoy que Latinoamerica sea su zona de control, con la amenaza de utilizar la fuerza militar siempre que sea conveniente a sus intereses; reviven la vieja política de intervención, sin velos ni máscaras.
De tal forma, Estados Unidos puede determinar que representa, según sus propios parámetros, una amenaza; la aparente “certeza” que brindaban los tratados internacionales, leyes y acuerdos, bajo esta premisa, pierde efecto. Trump celebra como triunfo económico las reservas obtenidas de crudo venezolano tras su invasión, sentencia que Cuba es un “Estado fallido” y, por lo tanto, “el régimen caerá” mientras se profundiza la estrategia de asfixia económica contra su pueblo. Con respecto a nuestro país, describe a México como el “epicentro” de la violencia de los cárteles del narcotráfico (el nuevo enemigo externo), y exige la recuperación del control del territorio.
Bajo esta lógica, el gobierno norteamericano asume la tutela de intervenir si lo considera; nada se habla del papel que Estados Unidos ha jugado en la distribución de armas y sustancias, el fortalecimiento y financiamiento de grupos delincuenciales, el problema de consumo y la crisis de salud que atraviesan junto con su inexistente política para atender de manera integral dicha problemática, así como el negocio millonario que implica para ellos. En el discurso, el viejo argumento de luchar en defensa de sus intereses y contra los “enemigos de la humanidad”, cobra mayor relevancia.
De manera simultánea, en la máxima tribuna de nuestro país, el diputado federal del PRI, Carlos Gutiérrez Mancilla, conocido por sus actitudes porriles, da un paso más en la política mercenaria que lo caracteriza, secundando las declaraciones de Trump. En un nuevo intento desesperado por captar la atención y recuperar los privilegios que ostentan sus líderes, declara: “Estos pinches morenarcos de mierda nos han robado nuestra tranquilidad…”, mientras porta una gorra con la leyenda: “Make México safe again”, haciendo alusión al lema de campaña de Trump “Make America Great Again”.
Gutiérrez se vale de la misma retórica para construir una percepción de descontento generalizado, de malestar y de un Estado fallido que se encuentra en crisis; apela a las emociones, no le importa mentir con tal de generar enojo y frustración, sin darle importancia a las consecuencias. Su apuesta sigue siendo el odio, el encono y la división, sin dejar de lado, su función como mercenario. Mientras enlista una serie de problemáticas, omite los aspectos que podrían explicarlas desde una cuestión estructural o los múltiples factores que les han generado, junto con la política que durante décadas su partido y el gobierno norteamericano implementaron.
Además, torpemente deja de lado que a diferencia de los cerca de 800 mil afiliados que tiene su partido, Morena cuenta con más de 11 millones de afiliados, que los insultos, calumnias y señalamientos constantes de “narcopartido” van dirigidos a esa base que conforma Morena, una base, principalmente social, de clase trabajadora, que proviene de los movimientos sociales, estudiantiles, campesinos, indígenas, mujeres y todos aquellos que históricamente vivieron de cerca los agravios que la política del PRI originó con la implementación de las políticas neoliberales norteamericanas.
Señala y ofende en su conjunto a un movimiento con profundo arraigo nacional y memoria histórica, que se ha organizado para hacer frente a la política de muerte, de intervención e injerencia, que encuentra en la defensa de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, más allá de la consigna, un punto de inflexión desde donde organizarse contra el despojo y por la dignidad.
Mientras el PRI y sus mercenarios estén dispuestos a entregar la riqueza natural y material de este país al gobierno norteamericano, son cómplices y responsables. Seguirán condenados a permanecer en el basurero de la historia. Por su parte, los pueblos dignos del mundo, organizados a gran escala, pueden jugar un papel importante para dotar de sentido esta realidad y generar contrapesos en un mundo, que, al igual que todo lo que dábamos por hecho, se desvanece en el aire.





