Cruz Azul no perdió el partido gracias a un cabezazo de Gabriel Fernández que puso el 3-3 ante el Toluca. Pero por instantes, dejan de jugar como el campeón del futbol mexicano y se compartan como un equipo timorato, sin sentimientos.
El problema no parece estar en la capacidad de La Máquina para hacer daño. Tiene argumentos para ponerse arriba y controlar los partidos. Lo que vuelve a aparecer, es una debilidad mucho más difícil de corregir: cuando Cruz Azul se siente cómodo, baja los brazos, pierde intensidad y le abre la puerta al rival.
Ya había sucedido contra el América. Aquel 4-1 que parecía definitivo terminó convertido en un 4-3 que puso a sufrir al equipo, el propio Joel Huiqui fue autocrítico: “Nuestra esencia nunca cambió, al final se complicó, al ser autocríticos bajamos la intensidad en la línea de presión y eso le convino al rival”.
Contra el Toluca, la historia tuvo un escenario todavía más peligroso: había tiempo de sobra para que los Diablos hicieran la travesura.
Porque Cruz Azul había hecho lo necesario para sentirse dueño de la noche. Al minuto 7’, Nicolás Ibáñez aprovechó un contragolpe para poner el 1-0. Y antes del descanso, volvió a aparecer, aunque esta vez como protagonista absoluto de una jugada que terminó con el 2-0.
Ibáñez recibió, se fue hacia la banda, protegió la pelota, amagó y con el olfato, puso un centro que encontró la cabeza del Toro Fernández. Golazo de elaboración y ejecución que parecía encaminar a La Máquina.
Pero en la segunda parte apareció esa desconexión que ya se había visto. Cruz Azul dejó de apretar y Toluca entendió que el partido seguía vivo. Un jalón de Willer Ditta dentro del área terminó en penalti y Helinho no perdonó.
El segundo golpe llegó apenas un minuto después. Alexis Vega mandó un centro que nadie tocó y que terminó colándose en la portería para el 2-2. El nerviosismo se apoderó de Cruz Azul.
Entonces, el líder de los Diablos decidió quedarse con tranquilidad. Con un zapatazo, Vega puso lo que parecía el 2-3 de la remontada ante un Cruz Azul que miraba cómo se le escapaban tres puntos que ya tenían en el bolsillo.
Al minuto 95’ cuando ya no quedaba nada, apreció nuevamente el Toro con el sello de la casa. Un cabezazo que sirvió de recordatorio para La Máquina: los partidos no se ganan cuando parecen controlados, sino cuando se terminan con el silbatazo.


