
Hace diez años, desde la azotea de un edificio art déco de Copacabana colgaba una pancarta de 28 metros que mandaba al carajo al presidente de la Cámara de Diputados. “Fora Cunha”, se leía en unas letras blancas sobre fondo negro. Eduardo Cunha, experto submarinista de las cloacas políticas brasileñas, había abierto el proceso que acabaría tumbando a la presidenta Dilma Rousseff, del partido de Lula, y meses después terminaría él mismo en la cárcel por corrupción. Carteles así abundaban en las ventanas de Brasil, pero ninguno tan grande.






