Mis afanes de columnista y escritor me han precipitado, sin quererlo, entre dos personajes. Uno es Carolina Tohá y el otro es Michelle Bachelet. En el caso de Carolina, su columna en La Tercera del 3 de octubre me motivó un escrito. Se lo envié a ella porque creía ”valioso” (sic) el debate que abría sobre una autocrítica de la izquierda. Cuando me respondió que lo leería, lo envié a otros y más tarde un medio lo publicó bajo un adjetivo que yo no hubiera usado: “desmantelamiento” del pensamiento de Carolina. Por cierto incluye muchas discrepancias, por algo cada uno está en lo que está, pero me sitúo en las antípodas de querer cancelar o desmantelar una discusión que creo ineludible en una izquierda honesta.

Poco después, a días de esto, Michelle Bachelet se autoproclamó candidata presidencial. No fue un evento colectivo, sino algo personal. Tampoco abrió debate, salvo sobre sí misma, porque nada dijo sobre el pasado ni menos sobre el futuro. Simplemente dio por cancelada la discusión. Dijo, el futuro soy yo.

Me siento obligado a marcar las diferencias. Con Carolina tengo discrepancias, pero también un punto de encuentro. La necesidad imperiosa de debatir sobre una historia de 15 años de la izquierda que hegemonizó el país desde el gobierno y de la oposición a Piñera, que termina en el triunfo de lo que ella misma califica como “ultraderecha”. Es la historia de un fracaso y por ende exige rectificarlo para evitar que sea su sello de futuro. Es el sentido de lo que escribí sobre la columna de Carolina. Con ella puedo tener discrepancias, porque entrega juicios sobre el pasado y contenidos de los futuros que ve como certezas o interrogantes. Permite discutir.

En cambio no hay discusión posible con quien parte proclamándose abanderada de una izquierda que recién inicia una reflexión sobre sí misma y su obra. La ausencia de ideas a debatir sustituye discrepancias por recuerdos. Estos surgen a borbotones porque, siendo objetivos, no hay nadie que haya tenido más responsabilidad que Bachelet en los destinos de la izquierda de estos años. Si hablamos de constituyente, ella inició la discusión y llamó a votar Apruebo. Si de estancamiento, es inevitable recordar la reforma tributaria de su ministro Arenas. Si de fragmentación del sistema político, ella y su ministro Peñailillo impulsaron la reforma constitucional que la generó. Si hablamos de fin de la Concertación, ella lideró un cambio de coalición; incorporó al PC, abrió espacio al Frente Amplio en su gobierno y el Parlamento, debilitó la presencia DC, fue apoyo destacado al Apruebo, al Presidente Boric y a su gobierno. Para qué seguir. Ella encarna, más que otros, esa izquierda que terminó derrotada por la derecha.

No lo hubiera querido, pero la escritura me obliga a distinguir entre estas dos figuras cuyas diferencias son inocultables.

Por Óscar Guillermo Garretón, economista