Entre 1943 y 1984, el poeta inglés Edward James usó la inmensa fortuna de su familia para construir en diez hectáreas de la selva potosina decenas de esculturas imponentes, excéntricas, caprichosas, divertidas, sobrecogedoras, las cuales conforman el majestuoso jardín conocido como “Las Pozas”, junto al pueblo de Xilitla. Bajo la inspiración de las ideas de André Breton, gracias a su cercanía con Salvador Dalí, René Magritte y Leonora Carrington, de los su­rrealistas que habitaban en México, Pedro Friedeberg, José y Katy Horna a la cabeza, y sobre todo, con ayuda de los habitantes de las cercanías y de sus insignes secretarios mexicanos, James construyó no el esplendor, sino las ruinas de una civilización imaginaria, y decidió que, lejos de protegerlas del entorno, sus creaciones sufrirían la invasión de las raíces, las ramas y el follaje de los árboles e incluso la posibilidad de ser devoradas por el olvido.

Quien intente conocer los detalles, comprobará que la vida de Edward James parece una versión surrealista de Las mil y una noches. La manera como James llegó a Xilitla disfrazado de momia suena a leyenda, pero así sucedió. Su amistad con Dalí parece un delirio, pero es verdad. La historia del matrimonio entre Edward y Tilly Losch sigue siendo un misterio: fue necesario imaginarla y contarla con los recursos de una novela.

La admiración de James por Max Ernst y Leonora Carrington es tan verdadera como el amor que hubo entre ambos pintores. Lo narra Julotte Roche en su fascinante libro Max y Leonora, lo cuenta Elena Poniatowska en su novela Leonora. Los testimonios de Uwe M. Schneede, Patrick Waldberg y Diane Waldman, incluidos en el libro de Edward Quinn: Max Ernst (Ediciones Polígrafo, Barcelona, 1977), contemplan la vida de Ernst desde ángulos diferentes y permiten comprender el homenaje que James hizo a la obra de Ernst en Las Pozas.

La historia de la avioneta en Nueva York me la contó un amigo de James. Podría ser mentira. La historia del mono me la contó Freddy Domínguez. Podría ser verdad. El encuentro entre James y Peggy Guggenheim, dos de los mayores coleccionistas de arte moderno del siglo XX sin duda pudo ocu­rrir: ambos compartieron amigos, países y ar­tistas a lo largo de los años.

Por otro lado, el encuentro con el jaguar y la charla con un general de la Revolución mexicana son enteramen­te ficticios, es decir: son verdad dentro de esta na­rración.

Sólo una vez al final de su vida, en el transcur­so de una fiesta que duró tres días seguidos, James aceptó que grabaran su voz en una grabadora profe­sional. Allí contó su vida, obra y aventuras a quienes estaban presentes. Durante años soñé con es­cuchar esas cintas, de manera que cuando fui a investigar a San Luis la vida de James y Luis Félix Rojas, que colaboró con James, me dijo que él tenía una copia de las grabaciones, por fin logré escuchar unos cuantos minutos asombrosos. La impresión que me dejó la voz de James fue profunda: se trataba de un narrador refrescante, muy divertido, que amaba contar su vida entre la selva y el jetset. Pude apreciar que tenía un sentido del humor fulminante y una gran habilidad para ironizar sobre la aristocracia inglesa. Con enorme generosidad, Luis Félix me permitió sacar una copia de las grabaciones y volví a la ciudad de México con un tesoro en las manos. Pero algo pasó en el camino, porque cuando quise escucharlas no hubo manera. Un problema electrónico desastroso me impidió recuperar la voz de James. Más tarde, cuando llamé a Luis Félix, me comentó que no encontraba la grabación original. La decepción duró semanas, y cuando por fin superé semejante pérdida, decidí que me dedicaría a reconstruir la voz de James en un artefacto literario, a salvo de los problemas digitales. Así, investigué cada hecho, cada ru­mor, cada leyenda, a fin de reconstruir el contenido de las cintas mediante una novela.

Comenzó como una historia romántica, que contaba el amor de James y Tilly, pero la biografía de Dalí de Meredith Etherington-Smith, y los testimonios de artistas y potosinos que conocieron a James me demostraron que su vida sentimental del artista era mucho más compleja de lo que supuse, y tuve que desechar ese extenso primer borrador. Más adelante encontré nuevos testimonios, a veces a favor, a veces en contra de la versión oficial. La vida sentimental de James, si uno quiere respuestas sencillas, conduce a un laberinto: retomé por segunda ocasión la novela cuando concluí que las amistades y las aventuras artísticas de James son mucho, pero mucho más singulares que los secretos bien guardados de su vida amorosa.

Pero luego de dos descalabros me di cuenta de que no podría escribir una línea mientras ignorara quiénes eran los surrealistas: qué buscaban, cómo lo consiguieron, cómo renovaron el contenido de las palabras que aún hoy, guían los pasos de todos nosotros: libertad, poesía, amor. Así que escribí tres novelas sobre los inicios del surrealismo: la primera dedicada a Man Ray, la segunda a Robert Desnos, la tercera a André Breton: la modesta trilogía que lleva el nombre de Catorce colmillos, la cual me despertó todos los días a las tres de la madrugada durante cinco años, y todos los días me provocó una o varias carcajadas.

El mismo Luis Félix Rojas me contó del atentado que sufrió su jefe durante la construcción de Las Pozas. De ahí surgió una novela policial que creció y creció y dio origen a una novela policial, independiente del jardín de Xilitla: No manden flores, la más oscura de todas mis novelas, donde trataba de contar lo que ocurrió en el pacífico estado de Tamaulipas a partir de 2005. Cuando terminé esa novela y retomé la vida de James, también conocía mejor sus secretos, lo cual me llevó a concluir que incluso la mejor historia policial se eclipsaría tras sus aventuras artísticas. Así que abandoné la estructura policial y me propuse lo que me pareció el mayor desafío: que fuera el mismo Edward James, con su experiencia, su sensibilidad y su sentido del humor quien contara su propia vida, incluyendo el atentado, los percances y grandezas de la amistad, los espejismos y giros del amor, la búsqueda del arte a lo largo no de mil y una noches, sino de un solo desvelo de insomnio y sorpresas. Y así nació por fin Una noche en la selva, un relato que pretende contar las his­torias que James contó, pudo contar o me gustaría que hubiese contado a quienes le preguntaban por su vida.

Una última cosa: como ocurre con los viajeros que visitan Las Pozas, me propuse que quienes lean esta novela tengan la sensación de convertirse en los protagonistas de una aventura, y que este relato convenza a quien lo lea de acercarse al surrealismo en general, a la vida de James y al jardín de Las Pozas en lo particular. Y por supuesto, a ese otro jardín lleno de sorpresas que nos ofrece una novela.

1

Un millonario conoce a una bailarina

Lo primero que vamos a averiguar es si el fantasma soy yo o eres tú.

Dices que yo me manifesté aquí en cuanto en traste y yo creo que el aparecido eres tú, que saliste de la nada y te paseas a tu gusto por mi casa, por mi sala, por mis libros, como si fueras el dueño de este jardín. Y ahora que te dirijo la palabra no sabes cómo reaccionar. ¿Qué debemos hacer si nos topamos con un fantasma? Lo mismo que haríamos al hallar un jaguar a mitad de la selva.

Una vez, luego de una larga noche de fiesta en el pueblo, desperté en esta misma casa con una sed perentoria. Como no había gota de agua a la vista, tomé una jarra de agua y me fui hasta el río a pie. Me inclinaba sobre el arroyo a eso de las cinco de la madrugada cuando sentí que el cabello de la nuca se me erizaba por completo, como si quisiera huir de mi cuerpo. Alcé la vista y vi a un extraño animal a siete pasos de mí, del otro lado de la corriente, en el punto menos profundo de las pozas. Al principio pensé que era un perro labrador muy desarrollado y bastante sucio, pero cuando vi el tamaño, las manchas, el movimiento sinuoso de la cola, similar a una serpiente, y sobre todo su olor, un olor espantoso, el de un ser que vive de matar a otros animales, comprendí que no era un bonito perro doméstico, sino algo más peligroso, que podría alcanzarme de un salto. ¿Tú has visto un jaguar cara a cara? Me refiero a un jaguar de la Huasteca potosina, capaz de atrapar entre sus fauces a un burro y saltar hasta la copa de un árbol para devorarlo. Sus ojos eran esmeraldas del tamaño de un puño; las quijadas, dos prensas para triturarlo todo, huesos incluso; su cabeza, una mole redonda, que no podría abarcarla con mis brazos, como esas esculturas que hacían los antiguos moradores de este país: exacto, una cabeza olmeca, eso quise decir. Cuando ves las cabezas olmecas, tan altas como un ser humano, de labios gruesos y colmillos tan gordos como un cuchillo de obsidiana, entiendes que esos escultores sabían lo que significaba toparse de frente con un jaguar. El animal que encontré tenía extendidas las garras, así; extendida la lengua descomunal, asá, y se disponía a beber un sorbo de agua cuando yo llegué con mi jarrita. Por fortuna, mi cuerpo fue más listo que mi cerebro. La bestia y yo nos vimos a los ojos por menos de un segundo, y ¡pum!, huimos en direcciones opuestas, como dos cohetes asustados de encontrarse. Fue la primera y última vez que se toparon un jaguar y un surrealista. El jaguar se perdió en el follaje y yo trepé de un salto esa parte de la montaña que es casi vertical, algo que sería imposible de escalar para mí en circunstancias normales, pero lo hice y corrí a encerrarme en mi casa. Vaya, hasta perdí mis huaraches y no he vuelto a ver esa jarra. Era una jarra de cristal muy bonita, que me había regalado la reina Isabel. Bueno, pues allí la perdí. Eso ocurre ante un jaguar o un fantasma.

La segunda manera de reaccionar frente a una aparición consiste en ceder al espanto: estás tan asustado que no te puedes mover, y te quedas allí mientras se producen las cosas delante de ti, y tú las miras sin respirar, con cautela, en estado de alerta. No sabes qué va a pasar, pero no puedes moverte; sabes que viste algo, y ese algo te vio a ti también. Estás petrificado de miedo, y la tensión crece y crece, porque no sabes quién es el otro ni por qué se encuentra ahí, qué tipo de puerta hacia el otro mundo se abrió y qué va a suceder, como le ocurrió a André Breton cuando se topó, en distintos rincones de Francia, con un fantasma femenino que lo miraba con odio y lo amenazó con uñas afiladas como garras…*

El Jardín Escultórico Edward James (Las Pozas) es un recinto surrealista ubicado en el Pueblo Mágico de Xilitla, en San Luis Potosí. ARCHIVO EL UNIVERSAL

No sé qué vas a hacer tú, pero yo me voy a sentar; si quieres hacer lo propio ahí junto a ti hay un sillón rojo. Sólo asegúrate de que no haya alacranes instalados: hay uno, de color negro, que me sigue por todos lados últimamente. Y también te sugiero que no me pierdas de vista, como no te pierdo yo a ti, mientras decidimos qué hacer.

Insisto: será mejor que te pongas cómodo, porque la noche en la selva pone a prueba a cualquiera. ¿Tuviste un escalofrío? Para tu información, lo que sentiste en la piel y que te estremeció tanto es esa mole monstruosa que puedes admirar por la ventana. Mira, mira a ese gigante que baja serpeando por los cerros: es la niebla. Sólo la niebla, señor, como dijeron cuando llegué aquí: sólo la niebla huasteca. Todas las tardes la niebla se esparce por estos cerros, y cuando los ha cubierto por completo se alza y desciende, se alza y desciende, como si estuviese hirviendo a su ritmo o, mejor dicho, como si tratara de hacer una reverencia o dirigir una oración silenciosa a un dios extraviado hace muchos siglos. La ves aparecer tras los cerros, recubrir la selva y recorrer este pueblo casi por completo, como si sufriéramos una inundación de nubes en cámara lenta. “Bosques de niebla”, los llaman: no quedan muchos en el mundo; yo diría que son un verdadero milagro, como los que hubo en los mejores cuadros de Dalí… Salvador Dalí, el pintor catalán: ¿no has oído hablar de él? Eso que sentiste en la piel fue el beso de la niebla. ¿No tienes nada que decir? Uy, amigo: necesitarás un milagro para demostrar que estás vivo. Que yo lo estoy me consta, pues sobreviví a un atentado mortal. No todo el mundo ama a los artistas en este país.

Hace dos semanas, cuando supervisaba los avances en la construcción de Las Pozas, me dirigía a mi casa en la selva cuando un tronco, que había sido cortado por los albañiles, rodó desde lo alto del cerro y vino directo hacia mí. Todo fue simultáneo: oí la mole caer, vi un torbellino verde que arrastraba a las plantas en su trayectoria, y me petrifiqué. El tronco rompió todo lo que encontró en su camino y yo pensé: Ha llegado la hora de morir. Por fortuna chocó con una ceiba, que lo paró en seco, pero en el impacto se le desprendió una rama, que voló por los aires y me golpeó con tanta fuerza que me desmayé. Me dio aquí, en la espalda.

Cuando recuperé la conciencia no podía mover las piernas. Los leñadores que trabajaban en la terraza improvisaron una camilla, me cargaron y me bajaron hasta la carretera. Mi secretario me recostó en la parte trasera de su jeep y me llevó al Hospital de Ciudad Valles. Una semana después me trajeron de regreso y me instalaron aquí. Mi secretario, que fue a examinar el lugar del accidente, concluyó que alguien había aflojado las cadenas y las soltó al verme pasar. Que fui muy afortunado, porque el atacante sólo logró arrojar uno de los troncos, el que chocó con la ceiba, y no otros doce, que estaban arracimados ahí. Desde entonces no he dormido una noche: paso el tiempo sudando, convencido de que alguien me quiere matar. Tú pensarás: ¿quién querría matar a un artista como este señor, que viste como un fracasado? Pero no soy un fracaso, eso es muy injusto conmigo: soy por lo menos tres fracasos paralelos. He escrito poemas, fui mecenas de artistas, invertí en arte… Ahora que lo pienso, aquí en la Huasteca hay una persona que se alegraría de mi muerte: cierto vecino que quiso comprar este rancho. Como dirían en las novelas policiales: tan sólo sigue el dinero y encontrarás al culpable. Aunque me temo que en esta historia el sospechoso soy yo, pues, al igual que Peggy Guggenheim, siempre he tenido problemas por culpa de mi fortuna.

¿Escuchaste ese trueno? Si yo fuera tú, me alejaría de la ventana y me sentaría en esta parte de la sala. No te imaginas los destrozos que puede provocar la lluvia en unos segundos. El miedo esencial que sienten los niños nos invade al oír el primer trueno en la selva huasteca, y con toda razón. A veces un trueno desgaja una parte de las laderas y la tierra arrastra casas, vehículos, personas y animales. El paisaje cambia todo el tiempo por culpa de los truenos. Un árbol que amabas aquí de repente se encuentra allá, en un pueblo lejano, a muchos kilómetros de distancia, porque un trueno lo desgajó y se lo llevó la tormenta. Un caminito de piedra, caro y difícil de construir, desaparece en una noche, como si la selva se tragara el dinero. Y las plantas, incluso las esculturas de plantas, pueden ser aplastadas por un pedazo de cerro o un árbol y convertirse en una ruina auténtica en un parpadeo. A diferencia de lo que ocurre en las ciudades, aquí en la selva nadie visita dos veces el mismo rincón. Lo saben quienes viven en Xilitla, y lo sé yo, que he reconstruido mis casas y mis esculturas decenas de veces. Hay que amar mucho este pueblo para vivir aquí. Leonora dice que siempre estoy reconstruyendo una parte de Las Pozas, y una parte de mi persona. Y tiene toda la razón. Cuando yo llegué a este pueblo, estaba hecho una ruina a nivel emocional. ¿Cómo llegué aquí? Por lo único que vale la pena vivir. Me volví jardinero por una historia de amor.

Me extraña que no lo sepas, si alguien llega hasta acá es porque algo sabe sobre mi persona… Para la familia real soy una vergüenza; para mi exesposa soy un criminal; para mi contador, un manirroto imperdonable, y para el servicio británico de impuestos, un evasor fiscal. Para mis amistades, un millonario, un excéntrico y un loco. ¡Hasta Dalí lo dijo una vez! Si Dalí lo dijo, eso equivale a un certificado de excentricidad. Y no es por la relación que tengo con mi dinero, ni por las esculturas que hice en la selva, sino por ciertas manías, como mi adicción al papel higiénico y a las toallas de papel desechable: necesito limpiar lo que voy a tocar, le tengo pavor a las bacterias, como le ocurría a Howard Hughes. Sólo mi querido Salvador Dalí, que tampoco era muy normal que digamos, dijo que no era para tanto: que yo soy tan sólo un poeta inglés con una fortuna infinita. Pero no quiero hablar del dinero, ni del papel. Prefiero hablar de la niebla…

La prensa amarillista, que ama el olor de la sangre, me ha atribuido romances con actrices como Ruth Ford o Greta Garbo, y con la legendaria condesa Marie-Laure de Noailles. Lo de Ruth Ford no fue nada: le propuse matrimonio tres veces y tres veces me rechazó; lo de Greta Garbo fue una honrosa confusión. A la Garbo le renté el palacio en que yo vivía por entonces, la exquisita Villa Cimbrone, en Italia. Ella se hospedó allí en secreto con el director Leopold Stokowski, que era su amante, a fin de vivir su pasión durante un par de semanas. ¿Puedes creer que diez paparazzi de otros países fueron a espiarla? Se instalaron en los alrededores, y todas las noches aguardaban a que Greta asomara desnuda por la ventana principal del palacio para fumar un cigarro con la luz apagada y abrazar a su amante. Al verla en pleno romance, los reporteros creyeron que el acompañante era yo, pero tal honor no me correspondió a mí, sino al maestro Stokowski. Así que ningún romance con la Garbo… en cambio la historia con la condesa de Noailles, mi querida Marie-Laure, eso fue una cosa distinta. Desde que nos conocimos quedamos fascinados el uno por el otro, pero truncamos nuestro amor con toda elegancia, para no ofender a su marido… ¿Sabes que ella es descendiente de Petrarca y del Marqués de Sade? El día que me invitó a su mansión en París me presentó un maletín de cuero en forma de, ejem, la parte más rebelde del cuerpo masculino. Era un maletín muy extraño, dentro del cual conservaba el manuscrito original de Las 120 jornadas de Sodoma, del divino Marqués. Fue Marie-Laure quien me presentó a las personas más bellas de todo París, y entre ellas al amor de mi vida.

Un día, al acompañarla a un ballet, vi a una mujer delgada, de melena rubia, que bajaba por la escalera principal: dos ojos claros, que detenían el tiempo al mirarte; una nariz recta y chiquita; labios hechos para pronunciar un idioma superior al de todos los mortales. Ese día usaba un atuendo blanco brillante, del color de las nubes, ajustado en la elegante curva de sus nalgas y en los bultos de sus pechos. De la blusa emergían sus brazos fuertes, marcados por el ejercicio. Ella me miró… y no pude dar un paso más. Una nube venía en mi camino.

Desde que la vi supe que algo iba a ocurrir entre nosotros, alrededor de nosotros, a partir de nosotros; supe que seríamos nosotros. Ya me había enamorado antes, pero sólo esa vez tuve la impresión de estar parado en las vías del tren mientras una locomotora implacable avanzaba en mi dirección.

Pasó junto a mí y yo me quedé embelesado por su presencia, hasta que me rebasó y la seguí con la vista. Algo debió sentir, porque se detuvo como si una corriente eléctrica le hubiese recorrido la espalda y volteó hacia donde yo me encontraba. Volteó a verme por segunda vez, y un profundo suspiro levantó sus hombros. Entonces me dio la espalda y se fue.

Tuve la certeza de que cometería un error muy grave si la dejaba alejarse, una certeza perfecta, de las que se tienen una sola vez en la vida: tuve la convicción de que mi destino estaba ligado al de esa mujer. Le supliqué a Marie-Laure que nos presentara: Por ella estoy dispuesto a dejar mi adicción a las toallas de papel desechables, le dije. Marie-Laure estaba celosa y se burló de los trucos evidentes con que la misteriosa mujer deseaba llamar mi atención; pero yo insistí y Marie-Laure confesó que esa persona respondía al espantoso nombre de Otilia, pero sus amigos la llamaban Tilly, Tilly Losch: una de las mujeres más fascinantes que han existido. Hasta John Wayne, que conoció a las actrices más famosas de Hollywood, quedó impresionado al verla caminar. Si ves una foto suya, verás a una mujer muy guapa, de enorme y espesa melena, con un rizo siempre despeinado de modo encantador… y una mirada enigmática, como si pensara en algo trascendental sobre ti. Pero al verla en persona todo mejoraba, ¡oh, Dios! No parecía caminar, sino flotar sobre la tierra. Si la veías venir, dejabas todo para ver cómo se desplazaba: parecía que posaba un pie en una nube, luego el otro, y así seguía, avanzando por la niebla. Era imposible no detenerse a admirarla. Y si tenías la fortuna de que Tilly Losch te mirara a los ojos, te sentías el hombre más feliz de la tierra.

El secreto de Tilly era el movimiento. Te embelesaba con su manera de caminar, de alzar las manos, de inclinar la cabeza, de sonreír, de respirar: por eso se hizo bailarina. Cuando conseguí que Bertolt Brecht y Balanchine escribieran un guion de ballet para ella, Balanchine se reunió con Tilly, le pidió que ejecutara su rutina más compleja, la estudió y llegó a una conclusión: Como bailarina es buena, dijo, pero nunca será de las mejores: le falta esa brizna de locura y pasión que sólo se ve en las leyendas, pero por otra parte sus manos, dijo, vaya: nadie mueve las manos como ella, Edward, con eso debemos trabajar, y yo estuve de acuerdo. A partir de entonces Bertolt Brecht y Balanchine se esmeraron en que las manos de Tilly fueran la parte central de su número de danza. En la tercera llamada se encendía una fuerte luz blanca y ella aparecía en el centro del escenario, vestida con una blusa y un pantalón negros, de los que sólo emergían su rostro y las manos. En cuanto la orquesta tocaba una composición de Satie, sus manos se elevaban, decididas a flotar, a estirarse, a girar, a danzar y a reptar por su cuerpo, mientras Tilly sonreía o parpadeaba, sorprendida por la pasión de sus manos: por momentos creías asistir al nacimiento de una flor muy extraña, una flor juguetona, que quisiera entrar en contacto con Tilly; por momentos sentías que era una idea, una frase, un verso o un cuento lo que se había apoderado de sus manos y deseaba llegar a las últimas consecuencias: un par de aves se lanzaban al aire, dos peces jugaban a perseguirse, una estrella descendía para posarse en su corazón, y ella suspiraba como si estuviera a punto de alcanzar el éxtasis con las caricias de sus dedos: así era el acto de Tilly… Por supuesto, tuvo mucho éxito, porque ese ballet fue creado sólo para ella y para nadie más sobre esta tierra: tuvo el mayor éxito de su carrera… y fracasó en todo lo demás el resto de su vida. Ay, Tilly. A veces parece que venimos a la Tierra a interpretar un solo acto, de público y duración limitada, un acto que justifica nuestra existencia y una vez terminado pasamos tras bambalinas… Mi Tilly: un minuto de silencio por el amor que nos tuvimos. Un escritor mexicano, Renato Leduc, que estuvo casado con Leonora, solía decir: Hablar mal de la mujer que uno amó es innoble. Pero hablar bien es ridículo, eso decía Renato, y, sin embargo, yo voy a hablar bien de Tilly Losch, porque no puedo hablar mal de la niebla.

*Quien quiera saber más de este tema puede consultar Cómo vi a la Mujer Desnuda cuando entraba en el bosque, Random House, 2024.