“Es una película muy perturbadora, hecha por gente muy perturbada”, así definió Chris Carlo, el dueño de uno de los primeros cines que exhibió en 1990 Henry: retrato de un asesino, el debut en el largometraje de John McNaughton. Una película, filmada cuatro años antes, que se había convertido en un clásico antes de verse en ningún cine. Carlo la programaba en sesiones de medianoche durante las que muchos espectadores abandonaban la sala, incapaces de soportar su violencia.

Seguir leyendo