Me llamó la atención la calidad de los vehículos estacionados, y de los recursos y profesionales que entraban y salían. Me acerqué a preguntar qué se estaba grabando con tanta sofisticación en el restaurante Quintín, a 220 pasos del departamento que habito en Madrid. Me dijeron que una película de Woody Allen y que él se encontraba ahí. Un par de horas después, justo cuando salía rumbo a mi trabajo, Woody pasó por la puerta de mi edificio con un andar lento. Conversaba en inglés con dos personas. No vi guardaespaldas ni había fans persiguiéndolo. Se detuvieron en la esquina de la calle Serrano, 30 metros adelante. A mí se me hacía tarde. Al día siguiente murió Maricarmen, la mujer de 87 años cuyo desalojo de su departamento —a unos dos kilómetros del mío— fue el detonante de la mayor protesta popular en España en años, forzó la disolución del Congreso, el llamado a elecciones nacionales, etcétera. Woody Allen ha sido muy criticado aquí por su neutralidad en el conflicto de la vivienda y las rentas. La escritora Elvira Lindo, por citar, lo acusó de refractario y falsamente humilde sobre la situación de la ciudad que intenta retratar, en un momento en que Madrid no quiere más visitantes que la maltraten y se apoderen de ella a su antojo, sin amor ni apego. Qué sé yo.
P.D. Dos días antes de toparme con Woody Allen, también a unos 200 pasos del departamento que habito, sólo que en dirección al centro, en la acera del Museo Arqueológico, donde no hace mucho el rey de España aceptó que los conquistadores pudieron haber cometido excesos, vi pasar a Jeff Bezos caminando de la mano de su esposa. Sin prisa tampoco. Un solo guardia atrás. Nadie le gritó buitre ni cosas por el estilo. El privilegio de poder pisar las calles.




