¿Cómo vamos a entender a un artista que vivió fuera de México 30 años, que construyó su obra fuera del país, que dialogó con muchas corrientes a nivel internacional y que no hizo eco del nacionalismo posrevolucionario mexicano?
Mireida Velázquez, directora del Museo Nacional de Arte, se pregunta lo anterior a propósito de la exposición Ángel Zárraga, los ideales del arte, que propone un recorrido por las distintas etapas de la producción del pintor duranguense, desde sus inicios y experimentación cubista hasta su interés por el cuerpo y la espiritualidad, y su exploración del lenguaje mural.
La muestra, que analiza la transformación del estilo de Zárraga (1886-1946) y sus ideas, reúne 80 piezas provenientes de colecciones públicas y privadas y se exhibe en el marco de los 140 años de su nacimiento y su 80 aniversario luctuoso.
Zárraga resultaba un personaje complejo, porque la mayor parte de su vida y de su obra se realizó en Europa. Él regresó a México hasta la década de los 40. Es un artista que ha tenido mucha fortuna crítica, ha gustado a la audiencia y es muy coleccionado”, comentó la promotora durante el recorrido por la exposición.
“Consideramos importante volver sobre la obra de un artista tan fundamental en la historia del arte de nuestro país, ponerlo a discusión en el nivel historia del arte; pero también presentarlo a muchos jóvenes que, tal vez, sea la primera vez se enfrentan a la obra de Zárraga”, señaló.
El curador David Caliz detalló, por su parte, que el proyecto está dividido en cinco núcleos temáticos: “Entre la tradición y la vanguardia”, “La radicalidad cubista”, “El retorno al orden”, “El esplendor del cuerpo” y “Otro lenguaje mural”.
Nuestro principal objetivo es reflexionar sobre las preocupaciones estéticas que pueden articularse en tres momentos con Záraga. El primero es la asimilación de occidente, sobre todo del canon europeo (en especial París), que fue fundamental en su producción.
El segundo es la reflexión sobre el cuerpo como un vehículo de expresión, en el que se aglutina y hay una posibilidad de tener este gesto entre la tensión del cuerpo espiritual, religioso, pero también el cuerpo de la modernidad”, agrega.
El especialista añade que, para Zárraga, “recuperar la tradición de los cánones estéticos tradicionales, como el paisaje, el retrato y el desnudo, se convierte en una guía para reflexionar desde sus preocupaciones religiosas, espirituales, pero también modernas, sobre la importancia de entender el academicismo desde otras latitudes”.
Indica que la pieza más temprana es de 1906. “Tuvo una producción muy vasta. Todavía no se ha hecho un catálogo razonado. Falta investigar si hay obras en Francia o en Marruecos, donde su producción de murales fue importante”.
A la inauguración, el jueves pasado, acudieron su hijo Fernando Zárraga, sus nietos y sus bisnietas.



