En México, donde la democracia suele cambiar de reglas, de protagonistas, incluso de principios según las necesidades del momento, el INE decidió que también era hora de cambiar de color. Primero abandonó el rosa mexicano que lo había acompañado durante décadas, luego estrenó un coqueto lila y, dos semanas después, descubrió que el gris representaba mucho mejor su personalidad. Si encontrar el tono adecuado les ha resultado tan complicado, habrá que ver cómo les va cuando tenga que calificar las elecciones.

La primera transformación cromática ocurrió el 9 de septiembre, cuando se aprobó un manual de imagen institucional, ya que el partido Somos había adoptado el rosa mexicano. Guadalupe Taddei explicó que era necesario diferenciar al organismo de los actores políticos. Para evitar que volviera a ocurrir semejante tragedia de diseño, la solución fue el lila, una tonalidad que prometía independencia, renovación y, por supuesto, asemejarse a la identidad visual del Gobierno de la Ciudad de México, lo que generó todo tipo de críticas. Así, lo que parecía una sencilla renovación institucional comenzó a parecerse a una crisis de vestuario, a un desesperado “no tengo nada que ponerme”.

Finalmente, el 24 de septiembre, la Junta General Ejecutiva encontró la iluminación que tanto buscaba y aprobó el gris como color predominante, acompañado de beige, blanco y negro, en una decisión de la que quedaron al margen los consejeros electorales. Según el acuerdo, sus distintas tonalidades representan los valores de neutralidad e imparcialidad. Además, cuenta con suficientes tonalidades para adaptarse a cualquier circunstancia, desde el gris claro de las buenas intenciones hasta el gris plomo de las resoluciones incómodas. Hay que dar gracias de que a Taddei no se le haya ocurrido adoptar el guinda de Morena, tan cercano a su guardarropa y su corazón.

Lo cierto es que el gris le viene como anillo al dedo al papel que ha jugado el INE. Este color no sólo comunica neutralidad, sino que también transmite indefinición, discreción excesiva y una notable capacidad de confundirse con el paisaje. Cualquier parecido con la realidad no, no es mera coincidencia porque, mientras el INE se preocupa por su imagen gráfica, deja que se desdibuje su autoridad electoral.

Por eso, tal vez el gris acabe siendo el color más sincero que ha tenido el instituto, porque retrata fielmente el ánimo de una institución que todavía no se asume como defensora de las leyes electorales. El INE ya encontró 50 sombras para representar su neutralidad; ahora falta que encuentre una sola manera de ejercerla realmente.

La decisión de cambiar de color tampoco estuvo exenta de sus propias tonalidades. Víctor Hugo Carvente, titular del Órgano Interno de Control, cuestionó la premura de la convocatoria extraordinaria y urgente y señaló numerales repetidos, inconsistencias cromáticas, deficiencias tipográficas y códigos incorrectos. Advirtió, además, que el extreme makeover recetado al instituto carecía de información sobre el costo que implicaría el nuevo cambio y sobre si éste se ajustaba a la política de austeridad. Resulta que el manual encargado de poner orden en la identidad institucional necesitaba que alguien le pusiera primero orden.

El INE se prepara para el proceso electoral de 2027, que exigirá decisiones más complejas que elegir entre el gris Oxford y el gris perla. Fiscalizar gastos, sancionar excesos y campañas adelantadas, vigilar el cumplimiento de las reglas y resistir presiones políticas son tareas para las que todavía no se inventa un Pantone.