Como gran parte del público objetivo que estaba en la Avant Premiere de la nueva película de Street Fighter, yo no iba con demasiadas expectativas con la película. La disposición era a pasarlo bien, ver buenas luchas y convertir la sala en una celebración de lo que ha sido la saga de juegos de pelea por excelencia del mundo de los videojuegos.
Y lo cierto es que al menos en los tráileres y la campaña previa, la película pintaba bien. Un casting de actores carismáticos y sin miedo a colocarse extensiones de cabello imposibles solo para poder lucir como los alocados diseños de la era de los 16 bits, una historia centrada en un torneo de artes marciales, poderes, colores y nostalgia. Comida rápida pero de la buena.
Pero no fue necesario adentrarse demasiado en las casi dos horas de duración de la cinta para darse cuenta de que, a pesar de contar con los ingredientes más sabrosos y perfectos para hacer una buena cinta, nos quedamos con un simple esfuerzo para intentar enchufarnos otra franquicia más de la cual ordeñar hasta el infinito.
Lo cual es una lástima porque en su premisa, Street Fighter sabe muy bien lo que hace. A diferencia de la ya famosa cinta de 1994 (a la que no solo será comparada, sino que también referencia en varias oportunidades), esta película se afirma del lore tradicional que la saga ha sabido vender desde sus inicios.
La historia se centra en la relación de Ryu (Andrew Koji) y Ken (Noah Centineo) y comienza precisamente con los eventos de Street Fighter 1, el juego original de 1987 y que nadie recuerda realmente con cariño, con una escena animada mostrando cómo Ryu derrota a Sagat y se convierte en el primer World Warrior. Para lograrlo, lamentablemente, tuvo que hacer uso de una fuerza oscura —el Satsui no Hadou que conocemos los fans de la serie—, lo cual lleva a terribles consecuencias que lo alejan del mundo de las peleas y de su amigo y hermano, Ken.
Hasta ahí, todo bien. Es a partir de acá que la película toma las riendas de la narrativa y, de manera inteligente, toma a los personajes de la serie y los muestra en una realidad nueva: Ken se ha convertido en una estrella decadente, Chun-Li (Callina Liang) sigue los pasos de Bison para vengar la muerte de su padre y Ryu sigue perdido tratando de pasar inadvertido.
Para quien no ha pasado inadvertido es para Bison, el villano de la historia interpretado de la manera más caricaturesca posible por David Dastmalchian, quien quiere convertirse en el guerrero más poderoso del mundo gracias a una máquina que absorbe el poder de los peleadores más fuertes. Pero ninguno de los que ha encontrado llega al nivel que alguna vez vio a Ryu.
Así que para completar su objetivo, decide convocar a una nueva versión del torneo World Warrior, con la esperanza de que el luchador japonés apareciera de vuelta y cayera en su trampa.
Hasta acá todo funciona. El problema es que la promesa de la película —un torneo de artes marciales en los bajos fondos de una ciudad sin ley— nunca llega a concretarse del todo: las peleas son escasas y muchas de ellas ni siquiera tienen un desenlace en la trama, sino que son para mostrar los movimientos clásicos y más llamativos del juego que sí, logran más de una sonrisa, pero dame algo más.
La película ya se empieza a volver más indefendible cuando ya te das cuenta que el torneo, que iba a ser la pieza central de la historia, carece de sentido, con luchadores que se retiran, peleas que ocurren fuera de cámara y momentos que uno esperaba ver, contados a través de un diálogo chistoso.
Y es que rápidamente el objetivo de la película se volvió claro: la única razón detrás de la trama de Street Fighter es que exista Street Fighter II. Siento que la película se esfuerza en dejarte con gusto a poco: el entretenerte con el excelente Guile de Cody Rhodes pero dejarlo pelear una sola escena. De hacer que Chun-Li solo use su traje icónico al final en una pelea que no le hace el peso al legado del personaje. Que el abuso de flashbacks animados es solo para pedir más escenas a actores que hacen una tremenda pega para darle vida y personalidad a seres que solo se golpean.
Lo que partió siendo una gran idea de historia sobre Ryu y Ken terminó siendo una exposición cansina con chispazos de brillantez (la pelea de Ryu contra E. Honda, la de Ken contra Balrog o todo lo que hace Dhalsim, por ejemplo) de un universo de personajes para una eventual secuela que busca sí o sí arreglar esos errores y quizás, ahí sí, dar algo de cierre a la aventura.
Claramente la mano de Paramount Pictures está detrás de todo, de un estudio que ve al universo de personajes de la saga como potenciales muñecos y personajes de su propio universo cinematográfico, considerando que en esta película solo salen personajes de Street Fighter II y Cammy, que es de Super Street Fighter II, por lo que las posibilidades se vuelven infinitas si queremos contar un relato inagotable impulsado solo por las ganas de sus fanáticos.
Como fan de la serie y de los personajes, fui por entretención y me fui con un montón de potencial mal aprovechado solo por la necesidad de imitar a la historia y de hacer que Street Fighter II —también en el cine— sea mucho más recordado que el 1.






