Siempre pensé que l’appel du vide —el llamado del vacío— era una expresión nacida para nombrar ese instante extraño en que el horizonte parece ejercer sobre nosotros una atracción casi física y fatal convenciéndonos sutilmente de lanzarnos, olvidando el miedo a caer o a morir o al dolor físico de una experiencia así. Desde lo más alto de una montaña, donde se ven los árboles y el cielo más hermoso, se siente como una súbita fantasía de entregarse al abismo, de saltar desde la cima y dejar que el cuerpo se funda con el paisaje.
Quienes practican el senderismo seguro conocen esa sensación. Después del esfuerzo de la subida, cuando por fin se alcanza la cumbre, aparece ante los ojos una belleza que parece demasiado grande para ser contemplada. Es como la sensación de necesitar fundirte con alguien que amas. El mundo se abre debajo de los pies. Las montañas se suceden como olas inmóviles, el cielo se vuelve inmenso y el aire adquiere una transparencia casi irreal. Es como si la hermosura del horizonte se viera tan grande que dan ganas de lanzarse hacia ella, de abrazarla incluso a costa de la propia vida.
Como si la naturaleza nos reclamara suyas y suyos o como si desde algún lugar anterior o dentro de nosotros, algo nos recordara que también le pertenecemos.
Durante mucho tiempo pensé que ese era el único llamado del vacío. Pero hoy descubrí otro.
El que canta el desierto. El vacío del desierto se extiende horizontalmente, hasta donde alcanza la mirada, y precisamente por eso un abismo de arena y cielo. Nada más.
No le hace justicia a la hermosura llamarle “nada” a un paisaje así.
Las grandes extensiones de arena son hermosas también porque están solas e inmensas, infinitas. Las dunas cambian de forma como las personas vamos cambiando y por eso es más llamativo su vacío. El viento escribe sobre ellas y después borra lo escrito, todas las noches y todos los días. Cada huella parece destinada a desaparecer.
El llamado al vacío es a recostarse sobre la arena y mirar las estrellas hasta olvidar dónde termina el cuerpo y dónde comienza la noche. A permanecer quietos mientras el aire pasa sobre nosotros y, poco a poco, nos convence de que también pertenecemos a ese paisaje. A dejar que la arena se deslice sobre la piel, que nos cubra los pies, las piernas, el cuerpo entero, como si quisiera reclamarnos con una ternura antigua. Saltar hacia adentro a modo de fusionarnos dejando que el viento nos convierta en duna del Sáhara.
El desierto también parece decir: “salta” y luego “quédate”.
Quédate hasta que dejes de sentirte extranjero y comprendas que el vacío no siempre significa ausencia. También es el espacio necesario para que algo dentro de nosotros pueda entregarse a lo desconocido.
Este otro l’appel du vide se siente cálido.
Tan cálido como la primera mujer en Marruecos que ha llegado a la jefatura del gobierno del país. Fatima Ezzahra El Mansouri, nombrada el pasado 29 de septiembre, ocupa ahora ese lugar desde el que se administra la vida cotidiana de una nación construida sobre capas de tiempo superpuestas entre el reino, la tradición, la modernidad, las ciudades que miran a Europa y el desierto que se hace inmenso hacia una eternidad anterior a todas las fronteras. Fatema o Fátima Mernissi, aquella gran escritora marroquí que dedicó buena parte de su obra a explorar las relaciones entre las mujeres, el poder y el mundo islámico, podría explorar el feminismo islámico tal como tantas veces lo hizo haciendo reflexionar a Occidente pero ahora, en la era en que las mujeres gobiernan.
Una mujer gobernando en el país árabe que enfrenta crisis migratorias y climáticas es otro llamado al vacío.
Contemplamos el desierto buscando en él una respuesta sobre nuestra propia pequeñez pero que una mujer haya cruzado una de esas fronteras invisibles que durante siglos parecían dibujadas para que otras no pudieran atravesarlas nos dice que algo ha cambiado. El paisaje cambia lentamente; las sociedades, a veces, también. Marruecos ha reclamado que las mujeres le gobiernen. Mientras tanto, yo muero de ganas por lanzarme al vacío del desierto y poder volver a estar bajo el manto estrellado del vacío que está lleno. Quedarme ahí, en Erg Chebbi.





