En general, la homofobia es la causa y el odio la consecuencia. Pero en el caso de Enrique Krauze ocurrió exactamente al revés: el odio lo llevó a una de las conductas más indignas, por homofóbicas, que se recuerden.

Roberto Velasco, secretario de Relaciones Exteriores, participó en una reunión del Grupo Núcleo LGBTI de Naciones Unidas, que México copreside con Noruega. Según informó el canciller, ahí estaban representantes de 25 países, además de integrantes de organizaciones de la sociedad civil. Velasco reiteró principios de defensa de los derechos de las personas LGBTI que forman parte de la Constitución mexicana y de la Carta de las Naciones Unidas.

Y, entonces, ¡carajo!, Enrique Krauze reaccionó diciendo que aquello era “el punto más bajo de la diplomacia mexicana en 200 años”. ¿De verdad puede considerarse el peor momento de nuestra diplomacia la participación de un funcionario en Naciones Unidas, en una reunión sobre los derechos de la comunidad LGBTI?

Nunca había considerado a Krauze una persona homofóbica. Pero, lamentablemente, sí lo es. El odio a la 4T lo llevó a insultar a la comunidad lesbiana, gay, bisexual, trans e intersexual.

Que quede claro: Enrique Krauze no cuestionó a Roberto Velasco por la forma en que conduce la política exterior mexicana, sino por participar en una reunión del Grupo Núcleo LGBTI de la ONU con un discurso incluyente y humanista.

Krauze puede discrepar de las posiciones políticas de Velasco. Tales diferencias forman parte del debate de altura. Pero convertir una intervención sobre los derechos de la comunidad LGBTI en “el punto más bajo de la diplomacia mexicana en 200 años” demuestra que el odio ha cegado al historiador, tanto que está dispuesto incluso a pasar a las filas de la gente homofóbica si eso ayuda a cohesionar a las clases conservadoras contra la 4T.

Es muy triste. Porque Enrique Krauze tiene una trayectoria intelectual de décadas que puede ser discutida —y duramente— por sus posiciones políticas, económicas o históricas, pero que ha sido valiosa como producción intelectual, y no es justo que quede tan comprometida en su ética por una reacción de fanatismo ideológico que lo ha conducido a un discurso que atenta contra los derechos humanos.

Me pregunto: ¿Enrique Krauze pedirá perdón? Debería hacerlo. Él no merece quedar reducido a intelectual homofóbico —retrógrado, lo calificó Velasco—. Tampoco lo merecen sus hijos.

Ni duda cabe, la polarización política puede terminar afectando incluso el juicio de personas con trayectorias intelectuales de primer orden. Porque de plano, una cosa es cuestionar a un gobierno y otra convertir ese rechazo en el criterio para juzgar absolutamente todo aquello en lo que sus integrantes se involucren.

En el caso de la reunión en la que estuvo Roberto Velasco, si Krauze consideraba que la presencia de México en ese foro era innecesaria o diplomáticamente equivocada, pudo haber criticado tales cuestiones. Pero calificarla como “el punto más bajo de la diplomacia mexicana en 200 años” ya fue excesivo.

Se vale que Enrique Krauze esté en desacuerdo con la 4T, que piense que México debe tener otra política exterior, otro modelo económico, otro papel del Estado en la economía o incluso otro gobierno. Todo eso forma parte del debate democrático. Pero los derechos de las personas LGBTI no deberían convertirse en víctimas de una guerra ideológica.

Una persona con la trayectoria intelectual de Krauze debería saber que hay principios que están por encima de las pasiones políticas. La defensa de los derechos de la comunidad lesbiana, gay, bisexual, trans e intersexual es uno de esos principios fundamentales de las personas. Al ignorarlo, el historiador ha caído al nivel intelectual de Ricardo Salinas Pliego, y ya es bastante abajo.