Hay instituciones que pueden darse el lujo de vivir una crisis interna sin que el resto del mundo se altere demasiado. El Pentágono no es una de ellas. Cuando en la principal estructura militar de Estados Unidos se acumulan relevos, renuncias, fricciones entre mandos civiles y militares, disputas sobre modernización, promociones bloqueadas y salidas anticipadas de altos responsables, ya no estamos ante simples movimientos administrativos. Estamos frente a una pregunta mucho más delicada: ¿está Donald Trump fortaleciendo la conducción militar de Estados Unidos o está introduciendo un grado de inestabilidad que puede terminar debilitando precisamente aquello que pretende controlar?

En las últimas semanas, la salida del secretario del Ejército, Dan Driscoll, volvió a encender las alarmas. Su renuncia se produjo después de meses de tensiones con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, y se sumó a una larga serie de cambios en la cúpula militar estadounidense. Antes había sido apartado el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Randy George, y durante el actual gobierno también han salido o sido removidos otros altos mandos de varias ramas de las fuerzas armadas. El patrón ya es suficientemente amplio como para no despacharlo simplemente como una renovación normal de cuadros.

Conviene además limpiar el terreno de desinformación, porque las falsedades solamente estorban cuando la realidad ya es suficientemente grave. En redes sociales circuló una supuesta declaración del general Randy George afirmando que Trump debía ser hospitalizado y poniendo en duda su aptitud mental. No existe evidencia confiable de que haya pronunciado semejante frase. George tampoco presidía el Estado Mayor Conjunto. La publicación es falsa. Pero sería un error concluir que, porque esa historia fue inventada, no existe un problema real. Lo hay, y es mucho más importante: la relación entre la conducción política del Pentágono y sus mandos profesionales atraviesa una etapa de tensión inusual.

Hegseth ha impulsado cambios profundos en prioridades, estructura, promociones, adquisiciones y criterios de liderazgo dentro de las fuerzas armadas. Sus defensores argumentan que intenta romper inercias burocráticas, acelerar decisiones, reducir estructuras innecesarias y devolver el énfasis a la preparación para el combate. Sus críticos sostienen que la concentración de poder en la Secretaría de Defensa, la salida de mandos experimentados y la intervención política en procesos tradicionalmente más profesionalizados pueden erosionar la estabilidad institucional. La renuncia de Driscoll fue vinculada precisamente con desacuerdos sobre liderazgo y modernización del ejército, incluyendo el rumbo de programas tecnológicos y de transformación operativa.

Ese es el punto que debería preocupar mucho más allá de Washington. Las fuerzas armadas estadounidenses no son una dependencia cualquiera. Administran capacidades nucleares, operaciones en varios continentes, inteligencia, logística global, alianzas militares, defensa cibernética, vigilancia espacial y una maquinaria de guerra que condiciona el equilibrio estratégico del planeta. Una disputa dentro de semejante estructura no puede evaluarse con la misma ligereza con la que se analiza un cambio de secretario en cualquier otra oficina del gobierno.

Tampoco conviene exagerar. Estados Unidos no se encuentra ante un colapso militar. Sus fuerzas armadas siguen siendo de las más poderosas, tecnológicamente avanzadas y profesionalizadas del mundo. Precisamente por eso resulta relevante observar qué ocurre cuando una institución de semejante peso entra en una etapa de rotación intensa y decisiones altamente centralizadas. La fortaleza militar no consiste solamente en presupuesto, portaaviones, misiles o aviones de combate. También depende de continuidad, experiencia, cadenas de mando claras, confianza profesional y capacidad para decirle al poder político aquello que quizá no quiere escuchar.

En una democracia, los militares están subordinados al poder civil. Así debe ser. Los generales no gobiernan ni deben gobernar. El presidente electo y sus autoridades civiles tienen pleno derecho a establecer prioridades, cambiar mandos y exigir resultados. Pero existe una diferencia fundamental entre subordinación constitucional y lealtad personal. Una fuerza profesional obedece al gobierno legítimo del momento, pero su compromiso último es con la Constitución, el Estado y la cadena institucional de mando, no con la personalidad de quien ocupa temporalmente la Casa Blanca o el Departamento de Defensa.

Ahí aparece la parte más sensible del debate. Donald Trump ha construido buena parte de su estilo político alrededor de la lealtad, la confrontación y la centralización de decisiones. Ese método puede resultarle eficaz en el terreno electoral o partidista, pero cuando se traslada a instituciones militares exige especial cuidado. En el Pentágono, la obediencia debe ser absoluta frente a órdenes legales, pero el análisis profesional debe conservar independencia suficiente para advertir errores, cuestionar supuestos y evitar que decisiones de enorme trascendencia se conviertan en simples actos de complacencia.

No afirmo que cada relevo ocurrido en estos meses responda a exigencias de fidelidad personal. Sería simplista. Existen desacuerdos estratégicos reales, diferencias sobre modernización, problemas de producción, disputas burocráticas y evaluaciones legítimas de desempeño. Pero cuando las salidas se acumulan, cuando responsables civiles de alto nivel renuncian y cuando mandos uniformados dejan sus puestos antes de completar sus periodos habituales, la pregunta deja de ser ideológica y se vuelve institucional.

¿Qué continuidad queda?

La modernización de las fuerzas armadas estadounidenses se encuentra además en un momento especialmente complejo. Drones, inteligencia artificial, sistemas autónomos, guerra electrónica, defensa antimisiles, municiones de precisión y capacidad industrial se han convertido en elementos centrales de cualquier conflicto contemporáneo. Driscoll y George habían sido figuras importantes dentro del esfuerzo por acelerar esa transformación del ejército, particularmente en tecnologías de menor costo y mayor velocidad de despliegue. La salida de ambos generó inquietud incluso entre sectores empresariales vinculados con tecnología de defensa, aunque la modernización no depende exclusivamente de ninguna persona.

A ello se suma otro problema que no puede ignorarse: Estados Unidos enfrenta presiones crecientes sobre su capacidad industrial militar. Producir municiones, misiles, interceptores, drones y sistemas defensivos al ritmo que exigen los conflictos modernos no es sencillo. El Pentágono ha tenido que revisar inventarios, acelerar contratos y evaluar continuamente cuánto puede sostener operaciones prolongadas sin comprometer reservas estratégicas. En ese contexto, la administración necesita una estructura militar cohesionada, técnicamente competente y capaz de planear a largo plazo.

El asunto tampoco termina en las fronteras estadounidenses. Aliados de Washington en Europa, Asia y América del Norte toman decisiones de defensa partiendo de una premisa fundamental: que Estados Unidos conserva capacidad militar y, sobre todo, previsibilidad estratégica. Esa segunda palabra importa mucho.

Previsibilidad.

Un país poderoso puede beneficiarse en ocasiones de mantener a sus adversarios en incertidumbre. Trump ha utilizado durante años esa lógica: no decir exactamente qué hará, amenazar con opciones extremas y convertir la imprevisibilidad en instrumento de negociación. Pero una cosa es confundir al adversario y otra muy distinta confundir al aliado. Cuando los socios empiezan a preguntarse no solamente qué decidirá Washington, sino quién está tomando realmente las decisiones, la incertidumbre deja de ser una ventaja y comienza a convertirse en un costo.

El poder militar estadounidense descansa también en una red de confianza. Países que alojan tropas, comparten inteligencia, permiten bases, integran sistemas defensivos o coordinan operaciones necesitan saber que la cadena de mando es estable y que los compromisos sobreviven a las personalidades. Si esa confianza se erosiona, los aliados comienzan a construir alternativas. Y una alianza que empieza a buscar alternativas ya no depende exactamente igual del líder que antes consideraba indispensable.

Esa puede ser una de las grandes paradojas del trumpismo en materia de defensa. Trump exige a sus aliados asumir más responsabilidades y depender menos de Estados Unidos. Puede tener razón en exigir un reparto más equilibrado de cargas. Pero si al mismo tiempo transmite demasiada incertidumbre sobre el compromiso estadounidense y mantiene una rotación elevada en la conducción militar, puede terminar acelerando precisamente aquello que reclama: aliados más autónomos, menos dependientes de Washington y, eventualmente, menos dispuestos a seguirlo.

Por eso la situación del Pentágono merece atención seria, pero no histeria. No hacen falta rumores falsos sobre generales denunciando la salud mental del presidente ni teorías de conspiración. La realidad ofrece suficiente material para preocuparse: una administración que está remodelando profundamente la estructura de defensa, una larga secuencia de relevos, tensiones entre funcionarios civiles y militares, reformas tecnológicas que no pueden detenerse y un entorno internacional en el que cualquier error de cálculo cuesta mucho más que hace diez años.

La pregunta fundamental no es si Trump tiene derecho a cambiar generales. Lo tiene. Tampoco si Hegseth puede exigir una nueva doctrina. Puede hacerlo. La pregunta es si la transformación está produciendo una fuerza más rápida, moderna y eficaz o una estructura cada vez más dependiente de decisiones personales, con menos voces capaces de contradecir al poder cuando sea necesario.

Los ejércitos más peligrosos para sus enemigos no son aquellos donde nadie discute. Son aquellos donde se discute profesionalmente antes de decidir y, una vez adoptada una orden legítima, todos saben exactamente qué hacer.

Porque un alto mando puede ser reemplazado, una doctrina puede corregirse y una estructura puede reorganizarse. Lo que cuesta mucho más recuperar es la confianza institucional una vez que empieza a romperse.

Y esa es la advertencia que Washington debería escuchar antes de que resulte demasiado tarde: cuando en la fuerza militar más poderosa del planeta las preguntas sobre continuidad, profesionalismo y cadena de mando comienzan a multiplicarse, el problema deja de pertenecer únicamente al Pentágono.

Los aliados empiezan a dudar, los adversarios empiezan a calcular y, en asuntos militares, muchas tragedias comienzan exactamente así: con alguien creyendo que ha descubierto una debilidad que vale la pena poner a prueba.

X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinión.salcosga23@gmail.com