Hegel es, sin lugar a dudas, uno de los filósofos a los que considero un monstruo del pensamiento crítico y lógico. También puedo decir sin vergüenza, alguna que me ha llevado años, intentar entenderlo, y fue gracias al libro Metahistoria de Hayden White que pude dilucidar un poco más al filósofo seguidor de Immanuel Kant. Hegel, nacido en la misma época que el romántico Friedrich Schelling y el poeta Friedrich Hölderlin, crecieron en un contexto donde la Revolución Francesa había demostrado que el orden político podía transformarse radicalmente en cuestión de meses, y, por otra parte, la filosofía de Immanuel Kant había demostrado que la razón tiene límites que ella misma no puede cruzar. En ese sentido, Hegel pasó su vida construyendo un sistema que respondiera a ambos hechos: uno histórico y otro intelectual.
El filósofo parte de cuestionar qué es lo real y la respuesta que da, con distintos matices a lo largo de su obra, es que lo real y lo racional son la misma cosa. Su frase: "Todo lo racional es real, y todo lo real es racional", ha sido malentendida de maneras que van desde la justificación del status quo hasta la revolución. Hegel no decía que todo lo que existe es bueno porque existe; declaraba que la realidad tiene una estructura que el pensamiento puede alcanzar y que esa estructura se despliega en el tiempo de manera que solo puede comprenderse mirando hacia atrás. Esto es: revisando nuestra historia de forma crítica... y es lo que menos hacemos hoy en día ya sea por pereza o porque nos parece demasiado romántico mirar hacia atrás para entender el presente. No obstante en el pasado está todo.
Para Kant, por ejemplo, las categorías del entendimiento son estructuras fijas que el sujeto aplica a la experiencia, para Hegel, esas categorías tienen historia. El pensamiento avanza a través de sus propias contradicciones, produce en cada etapa algo que la etapa anterior no podía contener y a ese proceso lo llamó dialéctica, aunque el esquema de tesis-antítesis-síntesis con el que habitualmente se le describe es una simplificación que el propio Hegel nunca formuló en esos términos. Lo que la dialéctica describe es que cada forma del pensamiento contiene una contradicción interna que la lleva más allá de sí misma, no porque alguien la empuje desde fuera sino porque esa contradicción le es constitutiva.
El concepto central del sistema del pensamiento de Hegel es el "Geist", el Espíritu; no es ninguna entidad sobrenatural ni la conciencia de ninguna persona en particular. Es la totalidad del pensamiento humano en su despliegue histórico: la suma de todas las formas en que la humanidad se ha comprendido a sí misma y al mundo: digamos que la gran enciclopedia del mundo que todos conformamos con nuestra vida y actos. En este sentido, la historia no es una secuencia de eventos sin dirección: es el proceso mediante el cual el Espíritu se conoce a sí mismo, avanzando a través de formas de autocomprensión cada vez más complejas. Ese avance ocurre mediante conflictos, rupturas y superaciones que conservan lo anterior, su pasado, mientras avanzan en el tiempo. A ese movimiento lo llamó Aufhebung, término alemán que significa simultáneamente abolir, conservar y elevar.
La Fenomenología del Espíritu, su obra filosófica cumbre terminada mientras las tropas de Napoleón Bonaparte entraban en Jena y publicada en 1807, despliega ese programa con toda su ambición. Es el viaje de la conciencia desde sus formas más simples hasta el saber absoluto, un recorrido que pasa por la certeza sensible, la percepción, el entendimiento, la autoconciencia, la razón y el Espíritu propiamente dicho. Cada etapa es superada por la siguiente porque contiene una contradicción que la impulsa hacia adelante. La dialéctica del amo y el esclavo, uno de los pasajes más citados del libro, muestra cómo la autoconciencia no puede constituirse sola sino a través del reconocimiento del otro, y cómo esa relación asimétrica produce las condiciones de su propia transformación. Aquí la explicación que espero no sea muy oscura: cuando dos conciencias se encuentran, cada una necesita ser reconocida por la otra para saber que existe, pero reconocer al otro implica depender de él, lo cual es intolerable. El conflicto que se produce de ese dilema termina cuando una cede ante el miedo a la muerte y se convierte en esclavo, mientras la que no cede se convierte en amo. El amo obtiene reconocimiento, pero de alguien a quien redujo a cosa, así que ese reconocimiento no vale nada. El esclavo, en cambio, trabaja y transforma el mundo, y en esa transformación ve reflejada su propia conciencia en los objetos que produce. El amo consume sin desarrollarse. El esclavo trabaja y en ese trabajo se constituye. La paradoja que Hegel instala es que quien domina queda atrapado en una dependencia que lo paraliza, mientras quien es dominado encuentra en el trabajo la única vía real hacia la autoconciencia plena.
Esa intuición alimentó a Karl Marx, a Jean-Paul Sartre, a Simone de Beauvoir, a Frantz Fanon y a prácticamente todo el pensamiento político del siglo XX que tomó en serio la pregunta de quién reconoce a quién y bajo qué condiciones. Y qué diríamos hoy de cara a la Inteligencia Artificial... somos amos y esclavos. Seres inertes.
Por otra parte, Hegel con su ciencia de la lógica intentó mostrar que las categorías del pensamiento, el ser, la nada, el devenir, la esencia, la apariencia, el concepto, se desarrollan mediante una necesidad interna que no depende de ningún contenido empírico. Filosofía pura: el pensamiento pensándose a sí mismo. Al igual que con la mayoría de las doctrinas filosóficas, el pensamiento de Hegel ha sido tomado como punto de arranque para un gran número de doctrinas modernas de superación personal que dictan estupideces que la masa consume porque siempre será mejor no pensar y curiosamente la filosofía puede llevarte en su esencia a lo contrario: del amor al conocimiento a la pasividad del pensar porque todo existe y está dado.





