Había atravesado el túnel La Calavera, en dirección al norte, cuando sonó el teléfono. La llamaban desde el Ministerio de Educación. Gloria Montenegro buscó dónde detenerse. Entonces recibió la noticia de la ministra María Paz Arzola: la bióloga era la nueva ganadora del Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y la primera mujer en obtenerlo. La ministra le preguntó si podría presentarse en el gabinete para saludar al jurado. Gloria Montenegro se excusó:
-Lo siento, ministra, me esperan en el valle del Elqui.
A casi 500 kilómetros, en la Escuela Familiar Agrícola, en un campo rodeado de cerros, 15 estudiantes de entre 12 y 15 años esperaban a Gloria Montenegro para su clase de apicultura. La recibieron con flores.
A los 85 años, la botánica, académica titular y emérita de la UC dirige un taller en la escuela de la Región de Coquimbo. Allí los estudiantes se forman para convertirse en técnicos agrícolas y Gloria Montenegro los introduce en la producción de miel.
–Son todos niños de los alrededores. Ellos aprenden a producir hortalizas, frutas, flores, pero no tenían colmenas. Nosotros introdujimos el nodo apícola: compramos las colmenas, los trajes para cada uno, los implementos. Y todos los martes aprenden a manejar colmenas para transformarse en los apicultores que queremos a futuro y tengan una opción de ganarse la vida más fácil.

Bióloga formada en la UC, con estudios de posgrado en Texas y Arizona, Gloria Montenegro ha dedicado su trayectoria a investigar la flora nativa del país. En las últimas décadas concentró su trabajo en las propiedades químicas y antibacterianas de las mieles endémicas.
En 62 años de trayectoria ha buscado compatibilizar la ciencia básica con la aplicada, “impulsando numerosas iniciativas de innovación en el campo de la flora melífera”, destacó el fallo del premio. Sus investigaciones han contribuido a agregar valor a las mieles producidas por miles de familias de apicultores.
Gloria Montenegro ha sido pionera en muchos aspectos: fue la primera latinoamericana en obtener el Premio Internacional For Women in Science de L’Oréal-UNESCO, en 1998; fue la primera presidenta de la Red Latinoamericana de Botánica y antes fue la única mujer del Departamento de Ecología de la UC. Ahora se convierte en la primera científica reconocida con el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas.
–Yo siempre he pensado en generar algo que le sirviera a la sociedad. Por eso me gané el premio aplicado. No te puedes quedar en los laboratorios sin decirle a nadie lo que estás haciendo y que no le sirva a nadie. Hay que hacer investigación y ciencia que tenga sentido para la sociedad.
Botánica y reina
Gloria Montenegro conversa en su oficina de la Facultad de Agronomía. A sus espaldas el sol hace brillar las hojas de los árboles después de la lluvia. Un pájaro revolotea entre ellas. En un entorno así nació su curiosidad por las plantas, sintiendo el aroma de las flores de los naranjos.
–Yo vivía en el antiguo camino a Maipú. Me gustaba estudiar en el jardín, caminar y observar los árboles y las flores –cuenta.
De su madre heredó el amor por la lectura y el conocimiento, y fue el gran sustento de las cuatro hermanas tras la temprana muerte de su padre.
–Mi mamá era súper culta. Nosotros tuvimos El tesoro de la juventud, que es una colección enorme. Ella lo compró con harto esfuerzo, y siempre estábamos hojeándolo, preguntándonos, conversando entre nosotros. Nos criamos las cinco mujeres juntas, solitas.

Las cuatro hermanas cursaron estudios superiores: una fue profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile; otra, profesora de Química y directora de un colegio; la tercera, profesora de Matemáticas. Gloria Montenegro pasó del Liceo 1 a Biología en la Universidad Católica.
–El profesor de Botánica rápidamente me llamó para que fuera su ayudante, como me gustaba y era buena y estudiosa. Siempre fui buena alumna. Pero eso no significa que era fome, que lo pasaba mal. No. Yo fui reina de la Universidad Católica.
Gloria Montenegro sonríe. Dice que no lo había contado antes. Y recuerda las fiestas de la primavera de los años 60, los desfiles con carros alegóricos. Además, en la universidad participó en las actividades estudiantiles, especialmente para ayudar a los menos favorecidos.
–Siempre tuve claro que uno tiene que tomar todas las oportunidades que te da la vida. Especialmente les digo a mis estudiantes mujeres: por favor, tomen todo lo que se les ofrece, muéstrense, visibilicen lo que están haciendo, transfórmense en expertas, abran sus propios espacios. Si no se los abren ustedes, no se los abrirá nadie.
Tras titularse en 1964, profundizó sus estudios en Botánica y Anatomía Vegetal en Estados Unidos. Regresó con conocimientos en microscopía electrónica, una tecnología todavía escasa en el país. Ingresó como investigadora en la UC y comenzó una carrera en la que, durante años, fue la única mujer del Departamento de Ecología.
–A veces estábamos en reunión de departamento y todos opinábamos. A mí me interrumpían y tenía que decirles: “¿Me dejas terminar de hablar? Todavía no he terminado mi idea”. Y entonces empecé a parar el carro, poco a poco: “A ver, momentito, oye, yo también tengo derecho a hablar”.

¿Era un ambiente muy masculino?
Era impensado que una mujer en esa época mía, en las décadas del 70 y 80, llegara a ser decana. Menos rectora. Incluso directora de departamento era impensado. Siempre esas áreas eran dominadas por los hombres.
Recuerda una anécdota que grafica el ambiente. Su marido, el biólogo Claudio Barros, también era académico de la UC e investigador en reproducción. En cierta ocasión, el decano de la Facultad de Ciencias Biológicas convocó individualmente a los profesores para comunicarles un reajuste salarial.
–Cuando me llama a mí, me dice: “Gloria, a ti no te voy a subir porque le subí a tu marido”. ¡Te juro! Y yo: “Muy bien, ningún problema”. Y me fui a mi oficina. Pero hoy le hubiera dicho: “¿Cómo se te ocurre? ¿Con qué derecho?”. ¿Te das cuenta? Por eso digo que las mujeres debemos tener acceso a las mismas oportunidades que tienen los hombres.
¿Cómo consiguió abrirse su propio espacio?
Me empecé a agregar valor, moviéndome, trabajando como bestia. Fui una de las profesoras de esa facultad que trajo un grant de Estados Unidos de miles de dólares, en la época en que en este país no había dólares. Entonces el valor que tenía Gloria Montenegro era mucho, porque le entraba plata a la facultad.
¿Cómo ve hoy las brechas de género?
Yo defiendo mucho los derechos de las mujeres. Todavía pienso que hay brechas grandes en algunos sentidos, pero creo que hemos logrado disminuirlas. También en el aspecto salarial, hoy día nadie aguanta que una mujer gane menos que un hombre en las mismas condiciones, en el mismo trabajo. Ese tipo de brecha ha disminuido en Chile, yo lo valoro mucho, y ha sido por un grupo de mujeres que ha peleado por eso, hay que reconocerlo.
¿Pero persisten los sesgos en la ciencia?
Yo creo que todavía hay, porque todavía existe gente que es obtusa. Hemos tenido varios casos en la Red de Investigadoras en que hemos tenido que salir a defender investigadoras que han tenido problemas de acoso y maltratos psicológicos, que es terrible. Y bueno, eso ocurre poco, pero ocurre. Este país cambió y nadie aguanta eso.

La académica apoya esas luchas, pero hay aspectos que no comparte:
–Lo que no me gusta es extremar el usar el ser mujer para cualquier cosa. Hubo un tiempo en Conicyt o ANID en que se quería dar puntaje un poco mayor a las mujeres por ser mujeres. Yo me opuse, fíjate. Si estábamos peleando por igualdad y por equidad de género, ¿por qué estábamos tratando de hacer lo contrario? No se puede.
Plantas nativas
Estudió especies nativas como el quillay, el peumo, el boldo y el litre, y se interesó por los compuestos químicos de ellas y sus posibles aplicaciones. Uno de sus primeros proyectos nació de una conversación con un agricultor, quien le contó que de la colihuaya extraía una sustancia utilizada antiguamente en tratamientos dentales.
–Mi primer proyecto fue la colihuaya odorífera. Y el vicerrector de investigación, amigo mío, me dice: “Pero Gloria, ¿para qué estudiái el colihuay, que no se lo comen ni las vacas?”. Yo me reí. Imagínate que yo voy a estudiar la química de esto, voy a ver cómo se produce, dónde se acumula. ¿Cómo no va a ser interesante?
¿Ya tenía la idea de buscar aplicaciones para sus investigaciones?
La fui teniendo con el tiempo. Yo estuve mucho en Estados Unidos y con los proyectos internacionales viajaba, conversaba mucho, y ya venían los gringos pensando en la innovación. Entonces empieza uno a decir: “Oye, y si yo estudio la propiedad biológica que puede tener, ¿podrá ser un antibiótico natural?”. Esas son las preguntas que uno tiene que hacerse.
En otro sentido, ¿cómo ha cambiado la conciencia sobre la protección de la flora nativa?
Antes, nadie mencionaba la palabra sustentabilidad. Se cortaba lo que se quería. Podía tener 500 años una palma chilena y daba lo mismo, cortabas la palmera. Pero hoy no. De a poco, la gente que empezó a trabajar en conservación biológica empezó a incluir esta idea de que puede haber una cosecha sustentable.
Sin embargo, dice que aún falta educación ambiental.
–Mira la gente que está cortando las flores endémicas del desierto florido. ¿Para qué? Cuando esas flores van a dar semillas que quedan en el banco de semillas del desierto. Además, esas flores no duran nada en el florero. Tal como hablábamos de la brecha de género, hay una brecha de cultura, de educación, que hay que disminuir. Y no podemos hacerlo con castigo: enseñémosles.
La miel y la etnobotánica
Hace aproximadamente tres décadas comenzó a investigar las mieles chilenas. Estudió su origen botánico, los compuestos químicos que contienen y sus posibles propiedades biológicas. Sus trabajos permitieron identificar características de mieles producidas a partir de especies nativas y desarrollar un sistema para medir su actividad antibacteriana.
–Desarrollé el APF, el Active Patagonia Factor, que indica la potencia o el grado con el cual una miel controla bacterias patógenas. Yo analicé miles de mieles, una por una, de distintas partes, fundamentalmente del sur: miel de ulmo, tineo, tiaca. Y desarrollamos este APF.
¿Qué importancia tiene ese factor?
Hay países que no quieren comprar la miel si no tiene factor. Así de famoso está. Es un sello industrial al cual la gente puede acceder si quiere. Lo licenció un exportador de miel.
¿Cómo ha cambiado la situación de los apicultores?
Hemos agregado valor. Ellos han podido vender y comercializar mucho mejor que antes, porque fui la primera que empezó a trabajar las mieles chilenas. Antes no se sabía nada. Empecé a estudiar el origen botánico, la química, las propiedades biológicas: si es antiinflamatoria o no, si es antibiótica, si sirve para las cicatrices.

Gloria Montenegro subraya que su trabajo no termina con las publicaciones científicas. Una parte fundamental consiste en compartir los resultados con los productores, enseñarles nuevas técnicas y ayudarlos a comercializar sus productos.
–Yo trabajo con la agricultura familiar campesina y es lo que me da mayor satisfacción. No podría quedarme en mi laboratorio. Podría llegar a descubrir algo muy importante, pero si no estás con la gente, no es lo mismo.
Actualmente trabaja con apicultores de Valparaíso, Coquimbo y Atacama. Una de sus investigaciones busca potenciar las propiedades antibacterianas de determinadas mieles, para lograr un producto fortificado. Otro de sus proyectos en curso surgió de una conversación con Elena Barros, apicultora de Canto del Agua, un pequeño oasis en medio del desierto.
-Ella me dice: “¿Sabe, profesora? Yo con mi miel me mejoré del Helicobacter pylori. Por años sufrí mucho hasta que empecé a consumir mi miel y ya no tengo el helicobacter, lo eliminé de mi organismo”. Y yo le digo: “Señora Elena, ¿qué le parecería si yo busco en medicina con quién puedo trabajar y estudiamos su miel?“.
De este modo investigó y “tuvimos unos resultados maravillosos”. Los resultados corresponden a estudios experimentales, y aún falta establecer sus posibles aplicaciones clínicas. Gloria Montenegro prepara una publicación científica sobre el hallazgo.
–La dueña de la miel va a ir de coautora. Y me tiene que seguir cosechando miel para que yo siga haciendo más cosas con ella. Esa es la etnobotánica. La gente del campo sabe mucho. Yo soy súper respetuosa con ellos, les pregunto todo, les pido permiso. Yo quiero lograr que esta señora se vaya llena de gloria, porque realmente le agradezco mucho que me lo haya contado y yo me lo haya tomado tan seriamente.
Gloria Montenegro recibe el premio nacional cuando desde el gobierno se anuncia una diminución del presupuesto dedicado a la ciencia.
¿Cómo recibe la noticia de la disminución del presupuesto para Ciencia?
No me gusta. Ya no me gustaba que estábamos solamente aprobando un cuarto de las becas de doctorado de los postulantes que se presentan. Había habido un aumento de postulaciones, pero lo que se financia y lo que se aprueba no era correlativo con ese aumento. Entonces ya me empecé a preocupar. Y el número de proyectos financiados también ha disminuido, es un porcentaje muy bajo. Tenemos un 24% de proyectos aprobados.
¿Qué impacto puede tener?
Yo me voy a la formación de capital humano avanzado. Si queremos que Chile prospere, que la ciencia transforme Chile, tenemos que formar mejor, más gente. ¿Y es suficiente que estemos formando un cuarto de lo disponible, que quiera ser investigador? No es posible. Yo lo lamento mucho.
En su computador ya tiene preparada su próxima clase. Sus nietos a veces le dicen que pare. Ella dice que no puede. Al día siguiente va a visitar un colegio para hablarles a niños de educación básica sobre las abejas y la protección de la flora.
–Qué mejor que ir a un colegio, con niños que te dan vida de nuevo. No te puedes encerrar: tienes que tener energía y estar con las personas.



