En muchos pueblos de montaña se repite una imagen familiar al ver a personas mayores que suben cuestas a diario, trabajan en el campo y conservan una vida activa a edades en las que la movilidad suele haberse reducido. Durante años, esta longevidad se ha atribuido a respirar aire puro, a la alimentación o a un ritmo de vida más tranquilo. La explicación, sin embargo, es bastante más compleja, ya que la montaña no solo transforma el paisaje y las costumbres, sino que también cambia la forma en que el organismo obtiene y utiliza el oxígeno. Al ascender, disminuye la presión atmosférica. El aire mantiene aproximadamente la misma proporción de oxígeno, cerca del 21%, pero la reducción de la presión hace que en cada respiración entre menos oxígeno disponible en el organismo. Es lo que se conoce como hipoxia hipobárica. El cuerpo detecta enseguida esta situación, por lo que aumenta la ventilación, el corazón late más rápido y se activan distintos mecanismos para conservar el suministro de oxígeno a los tejidos. No se trata de una alteración patológica, sino de una respuesta normal ante un ambiente más exigente.

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