Los reflectores de la prensa, dada la relevancia que ha ido alcanzando la noticia, han centrado la mirada en el posicionamiento que realizó Reginaldo Sandoval, coordinador de la fracción parlamentaria del PT en San Lázaro y uno de los activos de mayor peso en la toma de decisiones de dicha fuerza. Siendo así, no es cosa menor la postura que expresó ante la prensa sobre la determinación de poner en pausa la asistencia a los nombramientos de coordinadores. De entrada, son aspectos que no debe minimizar el CEN de Morena, máxime cuando esto pone en entredicho la permanencia en la coalición. Hoy, más que una fuerte tensión, reina la incertidumbre sobre qué es lo que puede llegar a suceder si esto se fractura. La primera interpretación que se me viene a la mente, por la funcionalidad que se venía notando, sería un clima de confusión entre la sociedad, así como una división del voto. Un rompimiento, en efecto, trae consigo una disyuntiva que, con el paso de los días, va en aumento. Eso, de pronto, es lo que estamos observando que acontece con la pausa que ha decidido decretar el Partido del Trabajo en lo que respecta al acompañamiento de los coordinadores de la defensa del voto.

Otro de los efectos o impactos —como se mostró claramente en Veracruz y Durango— sería la fragmentación del voto. Morena, por ejemplo, perdería mucho terreno y, con ello, dejaría escapar la oportunidad de revalidar los triunfos en distritos clave. Hay que fijarse en cómo una cosa lleva a la otra. Las disputas electorales no solo tendrían una voz, sino dos, que comparten la misma afinidad por el proyecto de transformación. Serían, ni más ni menos, ajustes por los reacomodos y la correlación de fuerzas. Lo que quiero decir, quedando sobreentendido, es que una división traerá un costo muy elevado para el oficialismo. No sé si, viéndolo desde ese ángulo, se tenga un plan B para actuar y confeccionar el punto de quiebre. Siendo así, no hay ninguna garantía de que la 4T siga expandiéndose ante la enorme presión que reina. Por eso cada paso, cada declaración y cada posicionamiento debe evaluarse antes de que surta efecto.

Aunque muchos piensan que se trata de un amago o de una estrategia coercitiva, realmente se equivocan. Del lado del PT, lo hemos dicho en varios espacios de opinión, hay una expresión que siempre —y en todo momento— ha acompañado al movimiento. Dadas las circunstancias, ahora que ha regresado la guerra sucia, no debería cuestionarse tan punitivamente la postura que están tomando los dirigentes del PT. Siendo francos, para el equilibrio de fuerzas, siempre mencionamos que tanto el Verde como el petismo tienen todo el derecho de pedir espacios para la gubernatura. Seguramente el CEN de Morena dirá que se aplicó una encuesta. Tal vez. La cuestión es que no puedes sucumbir a la labor que se ha construido a lo largo de décadas. Tampoco puedes borrar el pasado que han acuñado con la aportación de todos y de todas.

En todo este periodo —incluso lo mencioné hace una semana— los dirigentes de Morena han construido una narrativa de elogios para los aliados. Cuando llega el instante de votar alguna iniciativa —y se vota a favor—, la coalición se llena de aclamaciones haciendo alusión a la hermandad. La cuestión es que, en algún momento, tal y como aconteció con la reforma electoral, hay distintas posturas. Allí, de pronto, aparecieron críticas que se alimentaban de connotaciones como traición. Justo ahora, luego de las declaraciones de Reginaldo Sandoval, regresó ese clima en las redes sociales. Tan solo esta semana, como un andamiaje sistemático, se abrió la metralla en contra del Partido del Trabajo solo por decir que tomaron una pausa.

Salió, podemos decirlo así, el ala más dura de Morena a edificar consignas. De verdad —aunque suene descabellado para algunos—, esto puede traer costos muy elevados. De entrada, genera una percepción negativa entre la población. Puede ser que ellos, al confundirse, se inclinen por otra fuerza que no sea la izquierda. Eso sería, ni más ni menos, la pérdida de la participación social de las bases. Siendo así, es bastante serio lo que sucede como para tomárselo a la ligera. Antes de cualquier otra cosa —pensando en las designaciones de coordinadores—, lo primordial hubiese sido sellar la unidad con los principales aliados. El simple hecho de equilibrar la balanza —si lo queremos llamar proporcionalmente— muestra voluntad para que en la distribución no se encuentre resistencia, sino apoyo. Este modo de distribución fortalece el nivel de confianza, al igual que mejora la percepción a sabiendas de que ya hubo un reconocimiento mutuo.

Lo que viene en puerta será determinante. La cuestión es que todos —unos más, otros menos— aportan en la suma de votos. Queda claro que, de no ser así, más tarde que temprano, la fractura será profunda e inevitable. No podemos decir la dimensión hasta que no exista el reacomodo. Una vez que eso suceda, viendo las encuestas, podemos asegurar de qué anchura fue el agujero que se propinó por ignorar una petición legítima de equilibrar la balanza. Para ello, haciéndolo como se hacía antes con oficio, faltan operadores eficaces en Morena que resuelvan la enorme presión que existe.