En muchas mañanas de 1996 se agriaba de pronto el semblante del editor de Cultura del periódico La Crónica, Antonio Marimón. Significaba que había revisado la sección de Espectáculos que dirigía José Luis Martínez S. y en lugar de los chismes de la farándula que había pensado encontrar, hallaba notas de jazz, cine y rock, así como reseñas de libros que se internaban peligrosamente en terrenos que el entrañable Marimón consideraba de su dominio exclusivo.
En la junta editorial se hacían comentarios indirectos, el director Pablo Hiriart calmaba las aguas, pero el duelo editorial tardaba poco en recomenzar. José Luis era incontenible. El resultado era que los lectores solían disfrutar de dos de las mejores secciones del periodismo mexicano de aquellos días.
Martínez sostiene que aquello era producto de una deformación profesional que había comenzado en 1980, cuando él estudiaba periodismo en la ENEP Aragón y Andrés de Luna lo llevó a la revista Su Otro Yo, que dirigía el legendario fotógrafo y editor Vicente Ortega Colunga.
Ortega Colunga también era un caso. Había labrado una fortuna al lanzar en 1956 la historieta La vida deslumbrante de María Félix y le llevó poco tiempo dilapidarla en los cabarets, los salones de baile y los centros nocturnos de entonces. Se enriqueció de nuevo al hacer la fotonovela Vida y amores de Pedro Infante, y volvió a quedar en la ruina a consecuencia de su pasión desbordada por la noche.
Fundó periódicos y revistas de vida efímera y en 1973, de nuevo en aprietos económicos, aprovechó su conocimiento de la vida nocturna y su amistad con vedettes y otras diosas de la noche para fundar la mejor revista erótica de México: Su Otro Yo, que desplegaba audaces fotografías de las divas y las acompañaba con notas, crónicas y reportajes firmados por algunas de las mejores plumas de aquel tiempo.
En Su Otro Yo publicaba la llamada División Panzer, integrada por grandes figuras de la vieja guardia: Renato Leduc, Francisco Martínez de la Vega, José Alvarado y Pedro Ocampo Ramírez, entre otros.
“Además de estos periodistas, muy viejos, publicaban Carlos Monsiváis y Juan Tovar, entre otros autores de su generación, y estábamos también los que entonces andábamos por los 20 y tantos años: Emiliano Pérez Cruz, José Buil, Fernando Figueroa y Armando Ramírez. Se trataba de una combinación que permitía un aprendizaje excepcional”, recuerda Martínez en entrevista.
“En aquellos tiempos era frecuente ir a tomar un descanso al café o a la cantina. En Bucareli, donde estaban las oficinas de Su Otro Yo, estaban: La Mundial, la Reforma y estaba también el Café La Habana. Era el corazón del barrio periodístico. Nos rodeaban EL UNIVERSAL, Excélsior, La Prensa, Novedades y El Nacional, y también periódicos pequeños como El Diario de México y publicaciones como Cine Mundial, Cine Avance y El Redondel. Había un ambiente como aquel del que habla García Márquez: uno iba a la cantina o al café para hablar con otros periodistas de lo que estaba haciendo o acababa de hacer, y era un verdadero privilegio recibir esas lecciones fuera del aula: escuchar a Leduc, a Abel Quezada, y a otros de la vieja guardia, hablar incansablemente del oficio”.
En los años que permaneció en Su Otro Yo, Martínez se fogueó como periodista todoterreno. Lo enviaban a cubrir la farándula nocturna (la entrevista que le hizo a Margo Su, la propietaria del Teatro Blanquita, es excepcional), en los días en que la Princesa Lea triunfaba en el Can Can, Rossy Mendoza en El Quid, Mora Escudero en el Capri, Gioconda en el Montparnasse y Olga Breeskin en el Belvedere del Hotel Continental.
Pero Ortega Colunga le permitía abordar otra clase de temas: desde asuntos policiacos y del bajo mundo, hasta entrevistas con futbolistas, músicos, escritores, pintores, actores y boxeadores.
“Acompañé varias veces a Pita Amor y pude descubrir su gracia, su conmovedora vanidad, cuando ella era ya demasiado grande. Me acerqué a mucha gente, sin el afán de ser un especialista en nada, y pude escribir de todo sin atarme a un solo género. Esa fue mi gran escuela”.
Ortega Colunga murió en febrero de 1985 (lo sucedió al frente de la revista su hijo, el cultísimo, ingenioso, obsesivo poeta Roberto Diego Ortega). Luego vino el terremoto del 19 de septiembre y de manera brutal aquel mundo se desvaneció.
El día anterior a la tragedia, Martínez había entrevistado en Radio Fórmula a los conductores del célebre Batas, pijamas y pantuflas, Sergio Rod y Armando El Conde Calderón: 24 horas más tarde, ambos morirían aplastados bajo los escombros. Esa noche, con dos fotógrafos de la revista, José Luis recorrió la vieja Ciudad de México, iluminada por sus marquesinas, por última vez.
Acudió a El Patio a entrevistar a Héctor Suárez; al Capri, en el Hotel Regis, donde se presentaba Mara Maru, La Pantera Blanca, y también al Studio 54, donde habló con la vedette Mayra Rey.
“Fue una noche larga, lluviosa, de muchas risas y muchas copas. Terminé esas andanzas nocturnas a las 5 de la mañana, en que llegué a mi casa. Dos horas después estábamos en una circunstancia absolutamente distinta”, recuerda.
En los lugares en donde había estado la noche anterior no quedaban sino cascajos. Sin saberlo, había sido el último visitante y se había despedido de algunos de los santuarios en los que se formó.
Ignoraba que llevaba en la cabeza el germen de dos libros: La vieja guardia, que rescataría las vidas y ofrecería ejemplos de la obra de 20 grandes protagonistas del periodismo mexicano del siglo XX, con muchos de los cuales convivió, y El día que cambió la noche, que describe las últimas horas de una ciudad que se perdió para siempre a las 7:19 del 19 de septiembre de 1985.
“Aquella mañana, con la credencial de prensa, logré acercarme lo más posible a los sitios del desastre: ya no estaba el Regis, ya no estaban tantas cosas que había visto apenas horas antes. Me resistí durante años a escribir sobre todo aquello. Dos décadas más tarde, durante un congreso, tuve una especie de iluminación: por qué no contar la noche anterior al terremoto, la ciudad anterior al terremoto, antes que contar el amanecer triste del 19. Algo semejante ocurrió con La vieja guardia: no se me ocurrió escribirlo hasta después de 20 años, y cuando imaginé el libro la mayor parte de esos periodistas había muerto. No había sobre algunos de ellos prácticamente nada: sólo quedaban sus leyendas. Unas leyendas que merecían ser contadas”.
Tras la muerte de Ortega Colunga, Roberto Diego Ortega cerró Su Otro Yo y fundó la revista Diva, una versión más fina y, si se puede, más literaria. Martínez fue coordinador editorial del proyecto. Pasó luego al Esto, en donde Fernando Morales Ortiz lo inició en esa otra gran escuela que es el diarismo, “el frenesí de la nota diaria”.
“En 1990, por invitación de Fernando Solana Olivares me fui a El Nacional, con la oferta de hacer una sección de Espectáculos del modo en que yo quisiera. Así que un día publicábamos cine, al otro jazz, al otro rock, pornografía y desde luego farándula y temas de la noche. Tuvimos colaboradores de primer nivel. Stella Inda, la protagonista de Los Olvidados, escribía de teatro. Llegaron Malkah Rabell, Juan López Moctezuma, Xavier Quirarte y Naief Yehya”.
Le tocó asumir entonces el papel del editor como formador de nuevas trayectorias.
—El acompañamiento a los que comienzan es imprescindible. Lo había aprendido de Ortega Colunga (...) Ese acompañamiento se lo enseñó a mi generación la División Panzer, así como el ahora olvidado Pedro Ocampo Ramírez. Uno lleva de la universidad algunas nociones, pero en la práctica todo es distinto. Un buen editor es fundamental. Como decía Fernando Benítez, alguien que enseñe a escribir bien y rápido. Antes había un magisterio en las redacciones. Y en ese ambiente de gritos, de insultos, a veces uno se iba formando en el carácter y también en el conocimiento de lo que era el periodismo. Mucho de eso ha desaparecido con las nuevas tecnologías. La gente ya no vive en la redacción. Ya no existe; por ejemplo, lo que llamaban “la guardia caballona”: la guardia nocturna en donde los jóvenes comenzaban y estaba encargada de recibir llamadas de la Cruz Roja o de indagar en la policía para ver si había algo interesante. Aquel era un extraordinario espacio de formación. Todo eso se acabó, vivimos otro momento, otra realidad, sobre todo a partir de la irrupción de internet. Los periodistas, sin embargo, tenemos la obligación de reinventarnos y aprovechar el mundo que ofrecen estas tecnologías.
También el periodismo cultural cambió. La mayor parte de los grandes suplementos culturales murieron con el siglo XX. Usted, sin embargo, lleva casi un cuarto de siglo dirigiendo Laberinto, el suplemento del periódico Milenio
—Antes el periodismo permitía textos largos, crónicas y reportajes en dos o tres partes. Ahora hay que andar como se vive en un condominio de interés social, acomodando las cosas para que quepa lo más posible, y sometidos a la dictadura del diseño, en un momento en el que, además, todo mundo tiene prisa. La lectura dilatada es cada vez más escasa. A mí me interesa seguir apostando por la inteligencia del lector, y Laberinto ha tenido de este una excelente respuesta.
¿Cuáles son los desafíos del periodismo cultural de hoy?
—El principal es permanente: no convertirse en una caja de resonancia de los boletines, de la agenda de las autoridades. Saber la importancia de la mirada personal y también de la escritura. Mantener una de las grandes tradiciones de nuestro periodismo: la de la voluntad de estilo. Contar bien las cosas para transmitir lo que nos hace estremecer, todo lo que nos conmueve.
Martínez es autor desde hace décadas de la columna El Santo Oficio. Hoy lleva casi medio siglo practicándolo. Sus cartas credenciales son las miles de cuartillas que ha entregado y que abordan los hechos culturales más variados.
Ha llegado la noticia de que en la FIL recibirá el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. ¿Quién mejor que este practicante del santo oficio para recibirlo?
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