Jorge Amílcar Olán Aparicio era un coyote menor. Corrupto, seguramente, pero sin llegar todavía a lo que terminó representando al final del pasado sexenio: al Leviatán del tráfico de influencias, esto es, al intermediario inapelable ante distintas dependencias del gobierno, el factótum capaz de abrir todas las puertas para conseguir todos los contratos gracias a su cercanía con lo más apreciado por el presidente más poderoso desde la Revolución mexicana: Andrés Manuel López Beltrán, con fama de ser el hijo consentido de AMLO.

Se convirtió en el monstruo de la corrupción gracias, al menos en parte, a una de esas profecías que se cumplen a sí mismas. Esta es la idea que pretendo desarrollar como hipótesis.

El 6 de diciembre de 2023 supimos de la existencia de Amílcar. Ese día lo presentaron en sociedad dos publicaciones distintas. Por una parte, Carlos Loret de Mola, en Latinus, el sitio financiado por integrantes de la familia del priista Roberto Madrazo, paradigma de marrullerías; por otra, Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, organización fundada por Claudio X. González Guajardo, hijo de uno de los empresarios favoritos del expresidente Carlos Salinas de Gortari.

Loret lanzó en esa fecha el primer capítulo de El Clan. MCCI dio a conocer los cientos de millones de pesos en contratos obtenidos por una empresa de Amílcar.

Ambas nota aparecieron simultáneamente y colocaron en el centro de la conversación pública a un personaje, quizá corrupto, pero hasta entonces prácticamente desconocido.

Loret presentó a Amílcar Olán no solo como “íntimo amigo” de Andrés Manuel López Beltrán, sino como el hombre que tenía “a los astros del obradorato alineados”.

La denuncia de Loret y MCCI, en vez de restarle credibilidad a la 4T, tuvo quizá una consecuencia que nadie imaginó: convirtió a Amílcar en el coyote mayor y aun en el único que tenía la llave para lograr contratos en el último tramo del pasado sexenio.

Toda la gran coyotada empresarial buscacontratos que venía de los tiempos del PRI y del PAN, insatisfecha por no haber conseguido lo mismo que en gobiernos anteriores, supo gracias a Loret y a MCCI que, si quería más adjudicaciones a precios inflados y entregando servicios o productos de bajo costo y mala calidad, tenía que buscar al nuevo Gran Coyote. Al nuevo Raúl Salinas de Gortari.

Amílcar Olán hacía negocios antes de tales informaciones. Y sí, era amigo —no sé si tan cercano como lo presentaron Loret y MCCI— de López Beltrán. Pero era un coyote menor. De ninguna manera era la celebridad más relevante del coyotaje nacional.

Para cualquier gran contratista acostumbrado durante décadas a hacer negocios con el gobierno mexicano, y que no encontraba la ruta para hacerlo en la 4T, tales notas periodísticas eran un manual de instrucciones: solo hay una puerta para los contratos. Y la coyotada se dijo de inmediato: “Ah, chingao. Entonces es con Amílcar”.

No solo los coyotes de anteriores gobiernos, expertos en corrupción, pudieron entender así el mensaje. También la burocracia.

Décadas de presidencialismo corrupto acostumbraron a empresarios, políticos y burócratas a preguntarse quién es el hombre del presidente: el hermano, el amigo, el compadre, el secretario particular, el operador. Cada mandatario ha tenido no solo a su Raúl Salinas de Gortari, sino también a quien tiene la confianza del hombre más cercano y más querido por quien manda.

Loret y MCCI no inventaron al coyote que abre todas las puertas. Ese ya existía. Lo que ocurría era que los otros coyotes empresariales asalta erarios no lo encontraban en la 4T, y creyeron verlo en los reportajes sobre Amílcar. Y así creció la leyenda.

Lo cierto es que Loret y MCCI le pusieron nombre al Leviatán del tráfico de influencias. Y nació el gran poder de Amílcar Olán, a quien no solo buscaban otros contratistas para ofrecerle negocios, sino ante cuya fama de supremo coyote pudieron rendirse no pocos funcionarios del pasado sexenio que no querían tener problemas con alguien tan cercano a quien, se decía, ocupaba un lugar privilegiado en el corazón presidencial.

Lo de Loret y MCCI pudo funcionar como la clásica profecía autocumplida: una definición inicial falsa o exagerada de una situación provoca conductas que terminan haciendo verdadera aquella definición.

¿Qué fue lo que pasó? Que un gran contratista sin acceso a la 4T leyó a Loret y a MCCI y concluyó: “Hay que conocer a Amílcar”. Y pasó la voz a un colega también asalta erarios. Y después se sumó otro coyote a la necesidad de pactar con Amílcar, y luego uno más, y otro…

Bastaba con llegar a una licitación y decir: “Vengo de parte de Amílcar”. El funcionario entendía. No necesitaba una llamada de AMLO ni una orden de López Beltrán. El ábrete sésamo de aquella corrupción era el nombre de Amílcar.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu, estudioso de las relaciones de poder más allá de las instituciones formales, analizó cómo la representación imaginaria del poder puede adquirir eficacia propia. En el llamado efecto de oráculo, una persona obtiene autoridad porque es reconocida como capaz de hablar en nombre de otros. Aplicado al caso de Amílcar: al ser percibido como representante de un poder superior, transformó tal percepción —así haya sido exagerada— en capacidad efectiva de mandar.

En un ambiente de incertidumbre, como lo fue el primer gobierno de la 4T para la clase empresarial que tantos negocios corruptos hizo con el PRI y el PAN, una información suficientemente llamativa adquiere un peso desproporcionado. “No sabía quién era el gran coyote, ¡ya lo sé! ¡Se llama Amílcar! ¿Y ese quién es? No importa, Andy lo quiere. Urge buscarlo”.

Así que el supuesto gran poder que Loret y MCCI le atribuyeron a “Amílcar, el del clan de Andy” pudo convertirse en poder real gracias, sobre todo, al dinero corruptor de contratistas de pasados sexenios que buscaban al genio capaz de abrir la puerta de las licitaciones amañadas.

Es un fenómeno propio de las cortes, que las democracias deberían combatir. En las viejas monarquías europeas existió una figura informal, el valido: el favorito del monarca que operaba como filtro de acceso al poder. En eso, sostengo, convirtieron a Amílcar en el último año del sexenio de AMLO.

Este coyote mayor quiso seguir ejerciendo la misma función en el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, pero pronto se le puso fuera de circulación.

No es especulación que Amílcar esté en Suiza —o que al menos en ese país haya estado hasta hace muy poco—. En Lugano lo encontró Irving Pineda, de TV Azteca. El periodista siguió sus movimientos durante más de una semana y tuvo que esperar siete días entre una aparición y otra. Amílcar prácticamente no salía de la residencia. Y acaba de ocurrir algo todavía más significativo: después de que Pineda revelara dónde vivía, Amílcar cambió de domicilio.

¿Huye Amílcar? Salió de México, se instaló en Suiza, ahí llevó una vida extraordinariamente recluida y, apenas se hizo público su domicilio, dejó también su casa. Sí, parece un fugitivo.

Loret y MCCI quisieron dañar a la 4T dando a conocer a un supuesto gran coyote del hijo de López Obrador. No perjudicaron a la izquierda, que sigue siendo la gran esperanza de acabar con la corrupción en México.

No lo consiguieron porque ya había crecido la figura de una mujer ciento por ciento honesta que iba a llegar a la presidencia, Claudia Sheinbaum. Lo que sí lograron Loret y MCCI —esta es mi tesis— fue enviar a toda la gran coyotada a rendirle altares a Amílcar, a quien reconvirtieron en el Leviatán de la corrupción.

Ya Amílcar está en desgracia y el hijo de AMLO busca ser diputado federal; este quizá, por prudencia, debería alejarse de la vida pública.

A Sheinbaum lo que le corresponde, para cuidar el prestigio histórico del admirable Andrés Manuel padre, es ir con todo contra Amílcar. Elementos para investigarlo sobran.