Para el primer Rai, a 8 años de su partida

"La palabra Licantropía define el poder de un hombre para metamorfosearse en un lobo o el poder de transformar a otra persona en lobo. Algunos dicen que es solo leyenda y superstición. Pero la creencia de que un humano pueda convertirse en lobo perdura desde el principio de los tiempos. Es una creencia universal. Los romanos y los griegos escribieron sobre el fenómeno. Existen relatos en Borneo, en Turquía, en América del Sur... en todas partes.

Las tradiciones de los indios navajos y otras tribus hablan de los hombres lobo. Las leyendas han persistido desde que el hombre tiene memoria ¿Por qué? ¿Cómo es que no han desaparecido? Esas historias afirman que los hombres lobos siguen aquí...".

...La voz del narrador se desvanece y aparece en pantalla el título de la película: The Werewolf/Los colmillos del lobo, seguida de una banda sonora intrigante y de misterio. Desde la lejanía, un hombre se acerca a cámara mientras la nieve cae. Es evidente que el hombre se está congelando. El personaje irrumpe en una taberna al tiempo que una joven se acerca a una rockola para seleccionar una canción...

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Al inicio de los años cuarenta, mi abuelo Rosendo tuvo que convertirse en brasero. La situación económica familiar era desastrosa y migrar a los Estados Unidos fue la mejor opción para mantener a su mujer, Margarita y sus dos pequeños hijos: Rafael, mi padre, y Carlos, su hermano. Fueron años muy difíciles y por fortuna la experiencia resultó positiva y mi abuelo logró reunir dinero para comprarse varios viajes ilegales más tarde, un taxi cocodrilo con el que sacó adelante a sus vástagos y a su mujer. Pero antes, a su regreso, se hizo de un pequeño proyector Pathé Baby con perforación al centro de 9.5 milímetros para regocijo familiar y sobre todo del "Rai" como le apodarían más tarde a mi padre.

Por supuesto, en breve, ese aparato de proyección tuvo que desaparecer y perderse muy pronto en alguna bodega del Monte de Piedad donde Margarita o Rosendo llevaban a empeñar las pocas pertenencias valiosas con las que contaban y llegar así, incólumes a la quincena. Años después, cuando Rafael se convirtió en adulto y tuvo su propia familia y una profesión con la que sostenía a los suyos, adquirió su propio proyector; éste de 8 mm marca Sigma, e incluso una cámara filmadora con la que capturó no sólo momentos familiares, sino aquellas emociones que rondaban en su cabeza y en su corazón alrededor del cine.

De a poco, siendo yo un niño, mi padre fue adquiriendo pequeñas películas en 8 mm que montaba en su proyector: caricaturas, noticieros y curiosas síntesis de largometrajes que se vendían en esos años sesenta y setenta. Como era imposible, debido a sus dimensiones, colocar un rollo con la capacidad de un largometraje: una hora y media de duración o más, en esos proyectores caseros, las compañías productoras en concordancia con aquellas que vendían aparatos familiares, promocionaban filmes clásicos o cintas Serie B que reducían de su duración original, alrededor de 90 minutos a unos 15 ó 20. Una de esas películas fragmentadas terminaría por crearle a Rafael una obsesión de pérdida que le afectaría toda la vida y que nunca olvidó, una inquietante versión sobre un hombre trastocado en hombre lobo: The Werewolf dirigida por Fred Sears en 1956, retitulada como Los colmillos del lobo y protagonizada por olvidadas luminarias del bajo presupuesto como: Don Megowan, Steven Ritch y Joyce Holden como Amy Standish, la joven rubia y novia del alguacil que pese a su cándido personaje, delataba en la pantalla una personalidad erótica incapaz de ocultarse.

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Esta cinta de poco menos de ochenta minutos, reducida a una cuarta parte en la versión en 8 mm que extravió o más bien le despojaron a mi padre, parecía realizada a la medida de sus sueños rotos, sus fantasías ilusorias, sus recuerdos fílmicos y las carencias o pequeños triunfos que lo envolvían en algunas noches y lo exaltaban varias de las veces que el alcohol hacía estragos en su organismo. Aquella síntesis de un inusual relato licántropo, resultaba una metáfora perfecta de mi papá: el antihéroe que se mueve en la oscuridad que resulta ser un hombre bueno e ingenuo que vaga amnésico, presa del típico científico demente que le aplica una misteriosa y singular poción que lo transforma en un hombre lobo en un pueblucho cualquiera de la América profunda; Previa a los sangrientos horrores subsecuentes que el cine retrataría en breve: Amarga pesadilla, Masacre en cadena o El proyecto de la bruja de Blair y decenas más. Aquellas poblaciones a medio camino entre lo urbano y lo rural, cándidas, sencillas e incluso patrióticas, como extraídas de una pintura de Norman Rockwell, que en el fondo ocultan horrores innombrables como las inquietantes representaciones posteriores que realizará David Lynch, en cuyo inconsciente colectivo debe figurar una cinta como Los colmillos del lobo. En este caso, representado por la localidad imaginaria de Mountaincrest (en realidad los alrededores del Bosque Nacional de San Bernardino en California).

Y no es que mi padre haya sido presa de un médico loco. Y menos aún, fue una suerte de Jekyll y Hyde que se transformara en bestia para asesinar a aquel que se cruzara en su camino durante su transformación en lobo. Incluso, cuando tomaba unas copas de más, su actitud nunca fue violenta, era todo lo contrario y podía ser muy divertido. Sin embargo, al igual que ese hombre lobo, vivía entre la realidad y la ficción. No sólo eso, de forma similar al coprotagonista: el otro antihéroe que encarna el sheriff del lugar, Jack Haines, mi padre era incapaz de llevar a cabo las acciones pertinentes por más esfuerzos e intentos que se propusiera. Una suerte de destino implacable parecía abrazarlo siempre.

Vimos aquella película recortada decenas de veces en su proyector Sigma. Incluso, a la edad de 15 ó 16 años, mi amigo Roberto y yo, realizamos nuestra propia versión de un hombre lobo semi adolescente que interpretaba mi hermano Antonio. Una peliculita en Súper 8 que rodamos de manera íntegra en los suburbios de la aún inocente Villa Coapa. Después, ese corto fue el punto de partida de una disputa entre Roberto y yo; pero bueno esa no es la historia que importa ni la que deseo contar. Como fuere, mi padre estaba orgulloso de aquella cinta de 8 mm, era una de sus más preciadas joyas. En esos tiempos, no existía un tratado de libre comercio; por ello, las casas disqueras o de cine-fotografía sólo importaban productos de comercialización probada. Así que la única manera de acceder a otras alternativas de adquisición, incluso de menor costo, sólo era posible a través de la llamada fayuca, como sucedía con la ropa.

Lanzada en 1956, The Werewolf destaca en la historia del cine por ser la primera película que utilizó la ciencia ficción en lugar de la magia para justificar la licantropía. / IMDB

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Hacia 1978 o 1979, los Gris, como se apellidaban, era una familia de uno de los edificios vecinos en la Unidad Habitacional Narciso Mendoza, mejor conocida como Villa Coapa, donde nos mudamos en 1969, luego de abandonar el Centro Histórico. La señora Gris se dedicaba al comercio informal de importación; es decir a la venta de fayuca. A mi padre se le hizo fácil preguntarle si era posible que le consiguiera una o más películas en 8 mm, como aquella de Los colmillos del lobo que se vendían, por supuesto, sin subtítulos en español. La traducción no era asunto de trascendencia; el montaje-síntesis era simple y directo y el argumento era de interpretación más o menos fácil. La señora Gris le dijo que sí, que podía traerle del gabacho o de los yunaites otras más.

Sin embargo, mi padre, ingenuo, inocente como aquel infeliz trastocado en bestia licántropa, le entregó a aquella mujer la caja de The Werewolf, incluyendo su mayor prenda, el propio rollo de 8 mm. Con el embalaje que protegía la película hubiera sido suficiente y para colmo en esos tiempos no había internet, no había celulares con cámara, no había catálogos digitales y tal vez nunca se le ocurrió a mi padre sacar una fotocopia de la portada. Pensó supongo, que la caja sería la guía perfecta y que era mejor que tuvieran el rollo para no equivocarse en el formato. Supuso que estaba tratando con una persona decente como él. Sin embargo, nunca imaginó que aquella película no sólo, nunca se la devolverían, sino que tampoco le trajeron nada.

Lo más probable es que se la hayan robado con total alevosía. Eran ese tipo de familias transas y agresivas acostumbradas a los pleitos y a la estafa. Es muy poco factible que como le explicaron, hayan perdido la película entre tantas pacas de ropa, bolsas, zapatos, juguetes y chucherías que los defeños de los años setenta solían encargar del otro lado. El asunto es que aquello le dolió mucho y aquella familia se mudó poco después. Lo único que obtuvo mi padre fue una disculpa falsa y vacía, como la de aquellos que roban con impunidad. Aquello le dejó una sensación de menoscabo muy similar a lo que ocurrió con esa otra primera película que lo marcó de niño: aquel cortito en cuya trama cómica aparecían los caníbales y un cazador blanco, Una calurosa recepción. Aquella cinta de escasa duración que lo introdujo en aquel sensible universo, tan espectral, seductor y mágico como lo era el cine... Una vez más, ese destino implacable lo alcanzaba. Lo sacudía. Lo tomaba del cogote para asfixiarlo y hacerlo desfallecer. Y como ya estaba acostumbrado desde niño, no le quedó de otra, más que levantarse, seguir adelante, empezar de nuevo, luchando por la supervivencia cotidiana, entre alegrías, tristezas y frustraciones, igual que todo mexicano que se precie de serlo.

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Lo curioso, es que el formato de aquella película de 8 mm muy pronto fue desbancado por otros: primero el betamax y el vhs, luego el lasser disc, el dvd y el blueray, en los cuales ya era posible incluir películas completas, no fragmentos o síntesis recopilatorias. Pese a ello, mi padre jamás pudo volver a ver Los colmillos del lobo, ni en el cine ni en la televisión, ni en los formatos posteriores: de manera curiosa, era inconseguible. Meses después de que mi padre nos dejó para trastocarse en Polvo de estrellas como se titula aquella pieza musical que le embelesaba en su versión interpretada por Artie Shaw, localicé de manera azarosa una copia en internet completa aunque sin subtítulos de The Werewolf.

Los casi 60 minutos faltantes que nunca vimos aparecieron ante mis ojos como las piezas restantes de un rompecabezas perdido e inconcluso, como lo es la vida fragmentada. Por lo general intentamos elegir aquellas partes que nos infunden felicidad, confianza, serenidad, esperanza. Algunos otros, por el contrario, apuestan por las piezas dolorosas, traumáticas y tristes. Resulta imposible negar que estamos conformados por ambas dualidades. Como la vida misma: olvidamos, nos recuperamos, perdemos, ganamos y una vez más, emprendemos la búsqueda de emociones que nunca tendrán final: de esos materiales se compone el dolor y la alegría y la vida misma aunque suene cursi. Esas pérdidas que nos dejan huecos profundos resultan insustituibles.

Busqué a mi padre en el interior de esos segmentos desconocidos; en esos fragmentos de tiempo que siempre existieron y que jamás pudimos compartir. Siempre me quedará la esperanza que en realidad no se ha ido y se encuentra en alguna suerte de hoyo negro o una cuarta dimensión, incluso atrapado en medio de uno de esos fotogramas de Los colmillos del lobo. Y desde ahí, observa a mi lado aquellos minutos extraviados de una película que hoy digiero al fin completa y que significó para él, no sólo uno de sus mayores riquezas, sino uno de sus grandes quebrantos. Somos fragmentos, polvo de estrellas, destellos de un cúmulo de instantes que llamamos existencia...