Hay momentos en la vida pública en los que tenemos que regresar a lo esencial.

Preguntarnos qué significa representar a México. Qué significa gobernarlo. Y, sobre todo, qué responsabilidad asume una persona cuando decide que quiere encabezar el destino de millones de mexicanas y mexicanos.

Esta semana discutimos y aprobamos en la Cámara de Diputados una reforma constitucional que parte precisamente de esa reflexión: establecer que quien aspire a ocupar la Presidencia de la República, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México tenga únicamente la nacionalidad mexicana, y que, en caso de contar con otra, renuncie a ella antes de solicitar su registro como candidata o candidato. La reforma modifica los artículos 82, 116 y 122 de nuestra Constitución y continuará ahora su proceso legislativo en el Senado.

Quiero decirlo con absoluta claridad: esta discusión no se trata de cuestionar qué tan mexicano es alguien por tener dos nacionalidades.

México es un país profundamente ligado al mundo. Millones de familias mexicanas tienen historias que cruzan fronteras, generaciones que han construido su vida entre dos países y vínculos culturales, familiares y económicos que nos enriquecen como nación.

La discusión es otra.

Hay responsabilidades públicas que son distintas a cualquier otra. Quien ocupa la Presidencia de México, gobierna un estado o encabeza el Gobierno de la Ciudad de México toma decisiones que pueden definir el rumbo económico, político y social de millones de personas.

Y una responsabilidad de ese tamaño exige también certezas excepcionales.

Habrá momentos en los que los intereses de nuestro país puedan encontrarse frente a los intereses de otra nación. Puede ocurrir en una negociación económica, en una controversia internacional, en decisiones diplomáticas, en asuntos de seguridad o incluso en un proceso de extradición. En esos momentos, quien gobierna debe tener una sola certeza: primero está México.

Ese fue el sentido del posicionamiento que defendimos desde el Partido Verde: cuando una persona decide asumir una responsabilidad de esta magnitud, también debe asumir plenamente a qué nación representa y a qué pueblo se debe.

Y hablar de esto inevitablemente nos lleva a una palabra que ha acompañado buena parte de la historia de nuestro país: soberanía.

A veces pensamos que defender la soberanía significa únicamente proteger nuestras fronteras. Pero en pleno siglo XXI es mucho más que eso.

Soberanía es tener la capacidad de decidir nuestro propio rumbo. Es defender nuestros recursos naturales y nuestra energía. Es proteger nuestro territorio. Es construir oportunidades para que nuestros jóvenes puedan desarrollar aquí su futuro. Es fortalecer nuestras capacidades tecnológicas. Y también es asegurarnos de que las decisiones más importantes de México se tomen pensando exclusivamente en México.

Ese principio ha ocupado un lugar central en el proyecto de transformación iniciado por el presidente Andrés Manuel López Obrador y que hoy encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Desde el Gobierno de México, la iniciativa fue planteada precisamente bajo la idea de que el interés de la nación debe encontrarse por encima del interés de cualquier otro Estado.

Y aquí hay algo que considero fundamental.

Defender nuestra soberanía no significa cerrarnos al mundo.

México debe seguir dialogando, comerciando, cooperando y construyendo acuerdos con otras naciones. Debemos fortalecer nuestra presencia internacional y aprovechar nuestra posición privilegiada en el mundo. Podemos ser un país abierto, moderno y profundamente conectado con otras economías sin renunciar jamás a nuestra capacidad de decidir nuestro propio destino.

Porque una cosa es relacionarnos con el mundo y otra muy distinta permitir que alguien más decida por nosotros.

Desde el Partido Verde acompañamos esta reforma porque creemos que existen principios que deben estar por encima de cualquier coyuntura política.

Y uno de ellos es la defensa de México.

Podremos pertenecer a partidos diferentes. Podremos pensar distinto sobre la economía, la seguridad, el medio ambiente o la manera de construir el futuro. Esa diversidad forma parte de nuestra democracia.

Pero cuando hablamos de nuestra soberanía debería existir un punto de encuentro.

México.

Porque los gobiernos cambian. Los partidos cambian. Las generaciones cambian. Pero hay algo que permanece: la nación que recibimos de quienes estuvieron antes que nosotros y que algún día tendremos que entregar a quienes vienen detrás.

Nuestra responsabilidad es entregarla más fuerte.

Más independiente.

Más justa.

Más soberana.

Un México capaz de dialogar con cualquier nación del mundo sin bajar la mirada. Un México que coopere sin someterse, que construya acuerdos sin renunciar a sus principios y que tenga siempre la seguridad de que las grandes decisiones sobre su futuro pertenecen solamente a su pueblo.

Eso significa soberanía.

Y por eso hay principios que no deberían depender de colores partidistas ni de momentos políticos.

Porque antes que cualquier cargo está nuestra responsabilidad.

Antes que cualquier interés está nuestra gente.

Y antes que cualquier otra nación, para quienes tenemos el privilegio de servir a este país, siempre debe estar México.

México fuerte.

México soberano.

México dueño de su propio destino.

Nadie por encima del interés nacional.

Como cada semana, agradezco a Federico Arreola por abrirme este espacio para compartir algunas reflexiones sobre las decisiones que estamos tomando desde la Cámara de Diputados y, sobre todo, sobre lo que significan para nuestro país. Porque detrás de cada reforma, de cada discusión y de cada voto, hay algo mucho más importante que la política: está México y está el futuro que queremos construir para las próximas generaciones.

Ricardo Astudillo Suárez, Diputado Federal del Partido Verde Ecologista de México