Cuando en Fiestas Patrias compartimos un asado, una empanada de pino, un vaso de chicha, un mote con huesillos o un chilenito, no solo estamos disfrutando de nuestra tradicional gastronomía, también de nuestra propia historia, pues significa un acto de cariño y confianza que ha traspasado generaciones.

Uno de los primeros en comprender el valor estratégico y emocional de los alimentos, algo que hoy define nuestra identidad, fue Bernardo O’Higgins Riquelme, para quien la buena mesa nunca fue un mero trámite, sino un escenario político y una trinchera afectiva.

Amante del té, el café, el chocolate y el vino, cuando en 1823 fue empujado al ostracismo en Perú, cambió la espada por el arado en las haciendas de Montalván y Cuiba. Lejos de la pompa oficial, mantuvo el contacto con sus cercanos en Chile mediante la “dialéctica del don” y el intercambio de los llamados gastrorregalos: obsequios culinarios que operaron como vehículos de gratitud y sociabilidad para el prócer.

En esa última etapa de su vida (1831-1842) el estadista dio paso al hombre doméstico. Ya no se trataba de persuadir a generales, sino de abrazar a la distancia a su círculo más íntimo: su hermana Rosa Riquelme, sus administradores, amigos de juventud y antiguos aliados en la causa pública. En las cartas escritas durante su exilio se revela un verdadero catálogo de delicias reposteras que cruzaban los caminos del Perú a lomo de arriero.

Alfeñiques y bizcochuelos -a veces betunados o escarchados- eran ideales para cumpleaños o para responder favores; panes de azúcar blanca -fruto de sus propias haciendas cañeras- eran entregados como gesto de generosidad y distinción a sacerdotes, colaboradores y amigos; chocolates, golosinas y media arroba de chocolate de canela entera estaban destinados al “maestro” Manuel Reyes, mientras que las canastitas con rosquillas, caramanducas y panes dulces eran dirigidas a su querida Rosita.

Recordar a O’Higgins en estas fechas nos permite redescubrirlo en su faceta sibarita. Además, comprender la dinámica de los gastrorregalos nos ayuda a mirar nuestros platos y preparaciones típicas con otros ojos. Que esta celebración entonces sea la excusa perfecta para honrar la memoria de todas aquellas personas que construyeron nuestros símbolos de la chilenidad a través de la gastronomía.

Por Amalia Castro, directora del Centro de Investigación en Artes y Humanidades (CIAH), Universidad Mayor.