Mario Bellatin no es un escritor de certezas. De hecho, prefiere no hurgar en ellas. Sin embargo, a poco más de tres décadas de la publicación de Salón de belleza (1994), el autor ha sido alentado por el tiempo mismo y la reciente reedición de su novela bajo el sello de Alfaguara, a explorar en las posibles motivaciones que concretaron su escritura y volvieron de este libro una obra fundamental de la literatura hispanoamericana contemporánea.
Bellatin escribe en esta nueva y tercera edición en Alfaguara (revisada y unitaria por segunda vez en la editorial, con dos textos inéditos) que existen razones para haber escrito Salón de belleza y verdaderas razones para haber escrito Salón de belleza. En ninguna concluye —y desde luego es su intención, su artificio— una certeza, porque prefiere pensar su novela como un libro que se reescribe con los años y con las nuevas lecturas. El autor no escatima en detalles ni mucho menos en imágenes, y así nos hace saber que las visitas de un travesti filósofo (quien lo buscaba para que fuera una especie de "espejo de sus palabras"), La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata y el acuario que le fue regalado por una escritora, rodearon la creación de esta novela, sobre la cual, apunta, la única certeza sea, quizá, la escritura como una suerte de moridero similar al que aparece en la historia.
En entrevista, Mario Bellatin hace una retrospectiva sobre la creación de Salón de belleza y celebra que su relanzamiento coincida con el estreno de su adaptación cinematográfica homónima, dirigida por Nathalia Acevedo, quien la presentó como su ópera prima en las Jornadas de los Autores del Festival Internacional de Cine de Venecia, el pasado 8 de septiembre.
Ahora que Salón de belleza ha sido adaptada al cine, ¿qué encuentras en ella después de 32 años?
Me causa mucha satisfacción saber que se puede seguir leyendo, darme cuenta de que no fue un libro que obedeció a un tiempo y se fue con él. Lo que más me ha interesado es ver que ha llegado a lectores nuevos que han encontrado algo en ella. Eso me ha dado mucho como autor, particularmente en las partes más abstractas, como son la relación entre la violencia y la muerte, las distintas formas de enfrentarse a los momentos críticos y la peste. Con el tiempo se me ha revelado mucho sobre las constantes más universales de la novela.
Tengo que decir que este libro, para mi escritura en general, está hecho de la manera más neutra posible, y eso fue algo premeditado. Lo hice con la intención de que el lector pudiera continuar siendo su creador y también de otras artes. Cuando lo escribí no tenía claras las motivaciones, ni creo conocerlas ahora, como suele ocurrir con otros escritores, pero sí sabía que mi intención era que en algún momento un director de teatro, cine o música pudiera construir su discurso a partir de su propia poética, tal y como lo ha hecho Nathalia Acevedo, que me parece interesantísimo. Esa fue mi propuesta con Salón de belleza hace treinta y tantos años.
Dices que es una novela neutra, pero es posible inferir la situación que atraviesan el personaje y los que mueren en el moridero ¿cómo se dio la invención a la luz de tal contexto?
La novela es una invención: no hay de mí, pero sí del imaginario colectivo. Salón de belleza funciona porque es un libro espejo. Recuerdo que cuando la escribí, lo que hice fue recoger el imaginario colectivo de ese momento. Era como devolver al lector lo que de alguna manera ya sabía, por eso quizá no surge de algo personal. Claro que por el contexto se puede entender que la peste de la novela es el VIH, condición que en ese momento era una sentencia de muerte, pero la historia apunta hacia algo más universal.
De esta manera, el imaginario colectivo está simbolizado por la enfermedad, pero para mí no bastaba con el grito y el dolor profundo que emanaba de la realidad. Aparte, en ese momento había muchos productos culturales, particularmente en el cine, como Philadelphia o Ángeles en América, que abordaron la situación. Sin embargo, yo sentía que esos textos visuales y escénicos no lograban representar el verdadero dolor que estaba detrás, ese dolor mudo al que las palabras le restaban efecto cuando eran utilizadas como una denuncia. Por eso yo cuidé mucho de que Salón de belleza fuera primero un espacio de reflexión antes de que alguien la reconociera como un medio de lucha.
¿Qué me dices sobre la estrategia de centrarlo todo en un solo personaje?
En Salón de belleza fue muy complicado encontrar esa voz literaria, que a veces se confunde con un monólogo y no lo es. Por eso muchas puestas en escena han fallado, porque se piensa que la historia es un monólogo y no es así. Siempre planteé una distancia con la realidad desde el lenguaje, por lo que a veces resulta poco creíble que un peluquero hablé de esa forma y con tal profundidad reflexiva. Para mí habría resultado más fácil rastrear el registro sobre cómo debería hablar un estilista y replicarlo, pero eso habría sido un lastre. Hubiera podido también denunciar de forma directa que no existían políticas de salud para atender la enfermedad, pero sé que de haber recurrido a eso la novela no habría superado el tiempo.
Encuentro a los peces como una especie de imágenes sobre la muerte y la soledad, ¿de dónde vienen?
Recuerdo que yo tenía, junto a mi máquina de escribir, una pecera que me regalaron. Un día se me ocurrió llenarla y de pronto eso se volvió una matanza de peces. Lo que pensé que sería bellísimo se volvió repentinamente en un campo de violencia desatada que concluyó en muerte. Así nació la idea del "moridero" en Salón de belleza.
Además, yo estaba obsesionado con la literatura japonesa, especialmente con La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata. La idea original era hacer algo muy oriental en la que el personaje solo iba a hablar de peces, para que entonces el lector intuyera que detrás de esa narración estaba ocurriendo algo que el personaje no quería contar. Se trataba de una versión muy hermética. Pero decidí, en cierto momento, que no me interesaba jugar con la intriga y resolví la historia en la primera frase. Así empezó el tratamiento circular que mueve a toda la novela: la historia termina en donde inicia. Eso me permitió usar otro tipo de recursos reflexivos.
¿Qué hay sobre la soledad y la muerte?
La soledad y la condición descrita en el libro no es estrictamente perteneciente a la enfermedad. Va más allá porque intenta explorar la crueldad interna, como sucedió en la pecera, donde existió la segregación. Fue establecer una especie de metáfora de vida que vinculaba todo el tiempo la belleza y la muerte más allá de las cosas concretas.
Tu novela suele abordarse como referente de la literatura gay y literatura de la peste, y sé que las categorías no van contigo...
Si bien no me gustan las etiquetas en ningún sentido, no me molesta para nada que ocurran. Eso es una condición que se da. A mí lo que me interesa es que no sea solo eso, que no solo se clasifique de gay o no gay, de enfermedad o qué sé yo. También mi postura incluye a los formatos. A mí como autor no me interesa poner etiquetas, pero tampoco me molesta que tenga tal amplitud para que sea circunscrita a una categoría o lucha determinada. Mi literatura es abierta. Por ejemplo, recientemente Salón de belleza fue adaptada a novela gráfica por Quentin Zuttion y lanzada por la editorial Dupuis en Francia. Ganó el Premio Eisner 2025 en la categoría de Mejor Cómic. La interpretación visual de Zuttion, el dibujante, fue un homenaje a las víctimas del VIH, y yo estoy muy contento con que eso suceda. Pero si me lo preguntas, mi intención nunca fue que la novela entrara de una etiqueta temática ni que sirviera como una especie de lucha u homenaje.





