En Los sueños que compartimos (México, 2025), internacionalista documental de la editora capitalina excuequera de 56 años Valentina Leduc (montajista de Juan Carlos Rulfo y otros: cortos previos: Un volcán con lava de hielo 94, La historia de I y O 99), una delegación de militantes zapatistas chiapanecos es oficial y efusivamente despedida por sus compañeros emboscados en varios de los llamados caracoles de régimen autónomo para reunirse en 2021 por vía aerotransportada con sus incipientes homólogos españoles que en los bosques de Froxán en Galicia luchan en brigadas por defender su territorio contra el avance de los eucaliptos incrustados a propósito por depredadores para expulsarlos, y viajar asimismo a los defensores forestales llegados de toda Alemania que en el bosque de Hambach cerca de Colonia han fundado una comuna Lützerath montada en los frondas de los árboles para bloquear con su presencia física los trabajos de una mina de carbón extraído a cielo abierto, mientras no menos de cinco comunidades poblanas de Cholula aledañas a Santa María Zacatepec han fundado una liga de Pueblos Unidos para clausurar la planta de una poderosa empresa embotelladora e impedir que siga extrayendo un millón seiscientos mil litros diarios del agua de un manantial que ha sido tradicionalmente clave en la supervivencia de los habitantes de la región ("Pero ahorita todos los pueblos indígenas son los que nos hemos levantado, somos los que estamos aquí luchando"), tres movimientos o "equipos" que la directora-montajista entrevera para que parezcan inspirados por el surgimiento y la insurrección armada y ante todo organizadora de resistencia del quasi tridecenal zapatismo ("Por primera vez en mi vida me estaba organizando con personas para hacer un cambio y no para quejarnos") y ahora concretamente se vinculan con él, Merced a una solidaria y aleccionadora influencia iinsumisa.
La influencia iinsumisa concede central importancia a las dinámicas imágenes cazadas y aprehendidas, más que generadas u obtenidas, desde el interior de los acontecimientos, por la autista voracidad visual del solitario y desatado fotógrafo-realizador ya asediando en bruto y en potencia Juan Carlos Rulfo, confrontado con los inmensos árboles derribados o ascendidos, las corrientes brotantes de un manantial virgen, los puentes colgantes coordinados como lianas naturales, los terrenos alisados como flagrantes páramos artificiales de relumbrón irreversible, las apelotonadas huestes zapatistas y de pronto sus pelotones desfilando en estricta geometría, la provecta anciana beligerante apoyada en su cayado al protestar rigiendo acusadora en favor de sus aguas ancestrales, pero también la barrera de llantas blancas con pancartas bloqueando a solas la carretera nacional, la franja de tierra que longitudinalmente se va desgajando y se derrumba apenas a un lado de los terrenos habitados, la camiseta del lugareño estampada con una figura embozada y la intemporal leyenda revolucionaria: "Aquí estamos, mi general", los dedos trenzados de una europea y una zapatista guiando una manifestación en gran acercamiento con profundidad abierta, el vehemente coloquio nocturno evocando cual exportable narrativa fundacional la irrespirable época de cuando eran peones acasillados y sus mujeres eran violadas impunemente por los patrones, una acometida represora teutona en directo, y un solo convergente e incallable clamor explícito y tácito o recién descubierto ("Organicémonos").
La influencia iinsumisa se afirma lúcidamente entonces como una zambullida sin concesiones en la defensa de los ecosistemas alrededor del mundo, un paralelo de origen aéreo con la travesía marítima del documental La Montaña (Osorio 23), un fresco razado por sus héroes anónimos más que por sus testigos ("Vamos a seguir ese camino y nos vamos a defender, por eso decimos: 'Cada quien en su geografía y cada quien con su calendario'"), y un recordatorio de la escrupulosa represión hipócrita alemana que primero declara legalmente a los combatientes ecológicos como "terroristas climáticos" para embestirlos en seguida ("Pegarse a las ventanas se considera un delito").
La influencia iinsumisa demuestra además en sus mejores y más memorables momentos que sabe jugar, juega de entrada a la fantasía futurista para ver desconcertantemente la acción en retrospectiva desde un porvenir un tanto lejano ("Hace treinta años, en 2020, teníamos el sueño de que podíamos cambiar la pesadilla en que estaba el mundo y transformarlo en algo completamente distinto") aunque luego no desarrolla demasiado la idea, y juega con los gallegos que juegan a deseucaliptar el bosque infestado a la mala para ahora sembrar castaños vivificantes, también juega al unísono de un anciano activista cholulteca que participa en un festejo patrio luciendo sombrero retrozapatista con inscripción de "Tierra y libertad" y cananas de mazorcas en el pecho, juega con la repentina trasformación de marchistas chiapanecas de faldones en turba coreografiada de danzantes que enarbolan escopetas, juega con los niños adultos germanos que se trepan a sus juguetonas casitas infantiles en los altísimos árboles para jugarse la vida defendiendo al bosque con sus cuerpos, juega muy deliberada y providencialmente a homologar y confundir por razones circunstanciales bien aprovechadas los emblemáticos embozos zapatistas con los cubrebocas o las caretas y demás protecciones quirúrgicas contra el contagio pandémico, juega los contenidos y las andanzas del film para mostrar que el optimismo fresco y alegría no se han dejado aplastar por la solemnidad de los temas ni por las derrotas parciales o semiderrotas previstas en las luchas descritas.
Y la influencia iinsumisa deposita su esperanza revolucionaria en las apariciones de niñas en bicicleta a mitad de un territorio presuntamente liberado y una vieja campesina llenando su balde en un manantial eterno para vaciarlo a solas en su prometedor sembradío.




