Al inicio de su carrera, Brad Pitt protagonizó Nada es Para Siempre (1992) y Leyendas de Pasión (1994), un par de películas ambientadas en las heladas, verdes y nevadas tierras del noroeste de Estados Unidos, concretamente en Montana. Eran dos filmes de época que mostraban al joven galán en la plenitud de sus veintitantos, bordeando los 30 casi. Pura juventud dorada, sonrisa seductora y un estilo instintivo de actuar que en realidad no ha cambiado demasiado. Lo que sí ha variado es el envoltorio, las marcas en la piel, el gris colándose en el cabello.

Este Brad Pitt año 2026 viene de vuelta y busca un descanso, también en el norte de América, pero aún más cerca del polo, concretamente en Alaska. Ahora es el veterano de guerra James Belmont, un ex miembro de las Fuerzas Especiales que luchó en el Medio Oriente junto a su fiel perro Odín, también vapuleado física y mentalmente por la batalla. Si Belmont en apariencia no tiene demasiadas mellas físicas, Odín tiene una pata ortopédica y colmillos de titanio. Sobrevivió a una emboscada y el responsable recibió a cambio una bala en la cabeza por obra y gracia de su dueño protector.

El exsoldado James Belmont (Brad Pitt) en Alaska, en El Corazón de la Bestia.

Después de un preámbulo bastante bucólico y donde hasta aparece el conocido actor J.K. Simmons en el rol secundario de un lugareño, Belmont y el amigo canino (interpretado por Uber, un pastor alemán rescatista) se desplazan en avioneta hacia territorios aún más inhóspitos de Alaska. Pero he aquí donde el aparentemente indestructible ex soldado tiene el primer aviso de que la maquinaria física está algo abollada: sufre un ataque cardíaco o algo similar en pleno vuelo y con perro, avioneta y equipaje cae al río más frío que le tocó sobrevolar.

Pero Brad Pitt es la estrella de todo esto y su personaje alcanza a estar sólo un par de segundos sumergido antes de emerger nadando con fuerza sobrehumana en la superficie (caso excepcional de alguien que tras aquella emergencia médica revive con aún más energía que antes). Belmont va por el pobre Odín, que ha caído varios metros más lejos y que también sobrevive contra todo pronóstico.

El veterano de guerra James Belmont (Brad Pitt) y su perro Odín (Uber) en El Corazón de la Bestia, de David Ayer.

En realidad, todo esto no debiera sorprendernos desde el momento en que esta película pertenece al género de los filmes de sobrevivencia y que Belmont y Odín ya lograron salir vivos de Irak y Afganistán. La pregunta es si saldrán en calidad de bultos o no tras quedar arrojados en medio de los inmensos, bellos e inclementes bosques de Alaska, a 93 kilómetros de la carretera más cercana.

El Corazón de la Bestia, dirigida por David Ayer (Corazones de Acero, 2014), es un descendiente directo de las narraciones del escritor Jack London, permeadas por sus experiencias en Alaska y Canadá durante la fiebre del oro y protagonizadas por un perro lobo en Colmillo Blanco (1906) y un perro mestizo en El Llamado de la Selva (1903). Sin embargo Ayer es un director limitado y no hay que pedirle peras al olmo, lo que en este caso equivale a decir que el hombre no tiene el vigor narrativo de su ilustre compatriota escritor.

James Belmont (Brad Pitt) y Odín (Uber) sobreviven en El Espíritu de la Bestia.

Lo que sí tiene es intuición, como Belmont y, sobre todo, como Odín. Ese insondable sexto sentido mueve un relato simple, que no pretende mucho y que, cuando uno menos lo espera, estimula a sacar unos pañuelos contra las lágrimas.

Además, como lo demostró el personaje de Cliff Booth y su perrita Brandy en Érase una Vez en Hollywood, la química de Brad Pitt y los canes es una carta segura. El naipe que no era seguro acá es que la auténtica estrella fuera, al final, Odín y no su amo.