Convengamos en que la expresidenta sabe lo que hace. Cuenta con el olfato y experiencia suficiente como para esquivar errores, evitar el apresuramiento, anticiparse y provocar escenarios antes que esperar e improvisar una reacción.

Así que no cabe interpretar su “yo creo que sí” como un desliz ni una salida de libreto. Por el contrario, ha tomado posición en un terreno donde se desenvuelve como pez en el agua. Y fiel a su estilo, lo hace en un marco alternativo, que aporta sorpresa y distancia de los espacios más tradicionales; en este caso, el canal de la Universidad de Concepción, como en el pasado fue el programa de Don Francisco para pedir la renuncia a su gabinete o la elección de El Bosque para lanzar su candidatura en 2013. El tono también está en línea con sus atributos: es cercano, responde entre risas, como si fuese una travesura, pero que deja a todo su sector de patas para arriba.

Aunque resulte incoherente con su “la buena política requiere de renovación” de 2025, este “sí” está en línea con el derrotero que estableció en septiembre, cuando comunicó esa “mala noticia” para “quienes pensaban que me iba a ir para la casa”.

Asumamos que la expresidenta en realidad aspiraba a la secretaría general de la ONU y confiaba en sus opciones de triunfo. Ello supone que tenía la intención de instalarse en Nueva York por al menos los cinco años que dura el cargo. Si eso es así y los planes fracasaron, entonces no quedaría más alternativa que interpretar su interés por volver a La Moneda como premio de consuelo.

Pero incluso así los tiempos no cuadran. La expresidenta no necesita apresurarse para evitar que otro ocupe ese espacio. Es la candidata por esencia de la izquierda. Y tanto tiempo en el ring puede terminar agotando, como bien lo sabe otro aspirante en carrera, como es Parisi, porque uno de sus principales riesgos son estos cuatro años a la espera, expuesto a todo tipo de comentarios, errores no forzados, etc.

Tampoco es suficiente interpretar su paso como una rabieta, ni la toma de posición para convertirse en la figura que encabece la oposición a ese Kast que le negó su sueño de liderar las Naciones Unidas. Por supuesto que ello ocurrirá, pero la movida de Bachelet cobra más sentido cuando se la analiza como una señal para el público interno y, por lo mismo, su “yo creo que sí” no se lee en clave electoral, sino como un mensaje para la izquierda y su evidente ausencia de proyecto y el riesgo de perder la frágil unidad.

Porque la expresidenta es quien soñó, provocó y concretó esa integración que en algún momento abarcó desde la DC hasta el Partido Comunista, incluso soportando los agravios frenteamplistas y su famosa colaboración crítica.

Pero no todos están de acuerdo, como lo demostró Carolina Tohá en reciente columna: “El mandato de unidad que se volvió consigna ética para construir mayoría hoy funciona como bloqueo mental para imaginar cualquier otra alternativa”. Y no parece una simple coincidencia que haya sido la misma exministra quien primero se mostró crítica al anuncio de Bachelet.

Tohá considera que el socialismo “necesita aclarar su horizonte estratégico y su promesa de futuro” y, con ese objetivo, se le ha visto trabajando con sectores más jóvenes, tendiendo nexos hacia el FA y participando en encuentros y mítines. Lo suyo, antes que electoral, parece una apuesta político-doctrinaria que busca instalar al socialismo como una opción viable y renovada. Y probablemente sospecha que junto a los comunistas es imposible avanzar en ese sentido.

Así que ahí tenemos a Bachelet en plan cuidemos la unidad del bloque, aunque eso signifique aceptar que el PC no renunciará a su defensa de Cuba o Nicaragua, versus quienes aspiran a una renovación donde el ideal socialdemócrata se relanza como un proyecto estrictamente socialista, pero capaz de lidiar y competir con una promesa de justicia que el PDG lleva a la práctica mediante pañales y medicamentos sin IVA.

La irrupción temprana de candidatos, tengan o no planes reales de llegar a la papeleta, es incómoda para todo gobierno, pero crece y se fortalece entre liderazgos leves y encuestas desfavorables. Por ahí se pasean ahora Kaiser, Parisi, Bachelet, Matthei y otros que observan sin declararlo, como Paulina Núñez. Pero un pato cojo a los seis meses de administración suena tan improbable como definitivamente malo para el país.

Los expresidentes habían jugado en democracia una suerte de rol republicano y, como tal, eran convocados por el mandatario de turno para analizar alguna cuestión de Estado. La figuración como potencial candidato es incompatible con ese rol, pero eso Boric y Bachelet ya lo habían establecido con su declaración crítica sobre el manejo de las relaciones internacionales.

Así que el país pierde algo de esa institucionalidad republicana no escrita, pero la izquierda gana en su objetivo de alentar un debate interno y avanzar en la construcción de una propuesta de cara a un electorado que ya no se entusiasma con el simple imaginario de una sociedad más justa e igualitaria.