Acordé tapear con Felipe Calderón la calurosa tarde del pasado viernes 28 de agosto. A las seis y media, saliendo del programa de radio. Nos encontramos en una de las múltiples y atestadas terrazas de la Plaza de Olavide, en el barrio de Chamberí, Madrid, que a esa hora debía congregar a no menos de 500 personas.
No veía al expresidente desde el 1 de diciembre de 2024, cuando coincidimos en un foro sobre la fraternidad entre México y España: él, como uno de los expositores; yo, como moderador. Subrayo la fecha porque propagandistas de la 4T intentaron transformar el evento en una especie de prueba de que él y yo nos preparábamos para conspirar contra el naciente gobierno de Claudia Sheinbaum.
La cosa es que me mandó un mensaje de WhatsApp, nos citamos el 28 de agosto y conversamos largo. Una plática de la que aún no estoy autorizado a revelar el contenido.
Puedo decir que me sorprendieron las revelaciones e ideas que escuché. En un par de ocasiones se acercaron mexicanos a saludarlo y pedirle una foto. Calderón no tiene miedo de pisar la calle ni de que le griten o lo incordien. No se está escondiendo.
Por las noticias supe después que estaba en la Ciudad de México, donde participó en un foro contra la persecución política en Nicaragua, Cuba, Venezuela, y que luego fue a Monterrey, al evento público del alcalde Adrián de la Garza, a quien dice apreciar y respetar.
El viernes 2 de octubre me dio una entrevista vía Zoom sobre el violento episodio de la estatua despedazada en Los Pinos. Le pregunté cómo se sentía al respecto. “Lo de la estatua dice muy poco de mí, pero mucho de ellos: son unos miserables”, contestó.


